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Siempre hay margen para la paz

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Tras un tenso mes de marzo, durante el cual contuvimos el aliento aguardando el tal ansiado alto al fuego entre EE.UU. e Irán, este llegó, por fin, casi a hurtadillas, el 8 de abril.

Esta tregua es solo por un período de quince días y, aunque las posturas de ambos países están muy enfrentadas, la diplomacia internacional confía en que pueda extenderse en el tiempo. Dentro de la lista de diez puntos planteados por Irán, la obtención de garantías por parte de EE.UU. de que no volverá a atacarle parece factible. Sin embargo, es harto improbable que Washington acepte pagar el coste por los daños ocasionados.

Por su parte, Irán, habiendo comprobado las ventajas que le aportaría el control absoluto sobre el estrecho de Ormuz, no va a ceder de buena gana su control.

Más complicada se plantea la exigencia estadounidense sobre la suspensión del programa nuclear iraní por un período de 20 años. El desarrollo nuclear es uno de las piedras angulares del régimen de los ayatolás, mientras que para Israel es una amenaza existencial y para EE.UU. es un riesgo inasumible en la zona.

No obstante, hay que confiar en que los ataques no se reanudarán. Tanto los países del Golfo Pérsico como Arabia Saudí dependen de la seguridad regional. Estos estados han hecho de la estabilidad y la riqueza su sello de identidad y, el reciente enfrentamiento ha puesto en jaque su viabilidad. Pero, también los países asiáticos han observado con creciente preocupación la suspensión del suministro de crudo y las dificultades para el transporte marítimo crucial para dar salida a sus productos y mantener su pujante economía. Todos ellos seguirán presionando para que EE.UU. se contenga.

Aunque, tal vez, lo verdaderamente relevante es que después de un mes de ataques intensivos, el arsenal norteamericano se encuentra bajo mínimos y, dada la lentitud en la producción de más armas, Washington tendrá muy difícil mantener el nivel de la agresión sin botas sobre el terreno.

Al otro lado de la Península Arábiga, el primer encuentro desde 1993 mantenido en Washington entre representantes israelíes y libaneses sí puede suponer un cambio sustancial en las relaciones entre estos dos vecinos.

No va a ser fácil articular el desarme de Hezbolá que el Gobierno de Israel exige puesto que, al menos, un tercio de la población libanesa es chií y, por lo tanto, afín a este grupo terrorista pero, los ciudadanos de este pequeño país han sufrido tantas guerras que están dispuestos a todo para lograr la paz.

La buena voluntad del Ejecutivo de Beirut y una razonable transigencia israelí pueden acabar por plasmarse en un programa viable que libere, por fin, al país de la nefasta injerencia iraní a través de Hezbolá.


© La Voz de Galicia