«Fly me to the moon»
El 24 de julio de 1969, seiscientos millones de personas contemplaron atónitas cómo dos seres humanos caminaban por la superficie de la Luna, mientras un tercero aguardaba a los mandos de una nave espacial que parecía de hojalata. Comparada con las chiripitifláuticas audiencias de la era TikTok, ese 600 puede parecer una convocatoria discreta, pero el impacto emocional y cultural de la epopeya del Apolo 11 modificó el carácter de varias generaciones y nuestra relación con el universo.
Después de Eugene Cernan y Harrison Schmit (misión Apolo 17) en 1972, ningún otro individuo nacido en la Tierra ha vuelto a pisar el valle Taurus-Littrow, ni ninguna otra región de nuestro satélite. Una ausencia que quedará compensada en un par de días, cuando el Artemis II empiece a orbitar la Luna a una proximidad de la superficie que no se había alcanzado desde aquel año.
En la legendaria misión del 69, mientras el ser humano traspasaba las fronteras del conocimiento y tres astronautas observaban desde el espacio nuestra irrelevancia, en la Tierra las cosas seguían más o menos como siempre. En Vietnam caían como chinches, la pobreza y la desigualdad manchaban el mundo y las minorías avanzaban hacia el futuro como podían. Pero hace 57 años los más optimistas confiaban en que la humanidad iba por buen camino. La esperanza intelectual la sublimó en 1992 Francis Fukuyama cuando dio por superadas las ideologías que habían llenado de horror el siglo XX, el fascismo y el estalinismo, y aventuraba una expansión constante de la democracia liberal. Hoy, con Artemis camino de la Luna, al levantar la vista es fácil comprobar que lo único que se mantiene constante en nuestro paso por la Tierra es la estupidez.
