El nuevo analfabetismo
Cuando saber leer ya no es suficiente
En una época, aprender a leer fue casi un acto de rebeldía, descifrar las palabras significaba entrar en un territorio que durante siglos estuvo reservado para unos pocos, quien aprendía a leer no solamente aprendía a juntar letras; descubría que detrás de aquellos signos existía un mundo donde podía conocer historias que nunca había vivido, lugares que jamás había visitado y pensamientos escritos muchos años antes de su nacimiento; de alguna manera, aprender a leer era también aprender a mirar más allá de lo visible.
Por eso las sociedades hicieron de la alfabetización una de sus grandes conquistas, saber leer se convirtió en una herramienta para comprender el mundo y también para cuestionarlo.
El mundo, sin embargo, cambió.
Las palabras dejaron de vivir solamente en los libros y comenzaron a aparecer en todas partes: en las pantallas, calles, periódicos, teléfonos y videos que vemos mientras esperamos un ascensor o tomamos un café; junto a ellas comenzaron a hablar las imágenes, la música empezó a vender y los colores adquirieron significado, un silencio pudo convertirse en una declaración y una fotografía construir una verdad antes de que alguien pronunciara una sola palabra.
Mientras tanto, seguíamos pensando que sabíamos leer porque aprendimos a leer las palabras, pero nadie nos explicó que el mundo estaba empezando a escribir sobre nosotros.
Una fotografía de un candidato sonriendo no es simplemente una fotografía; la sonrisa, el encuadre, la luz, el fondo, la ropa, las personas que aparecen detrás e incluso aquello que deliberadamente quedó fuera de la imagen forman parte de un relato. Una campaña publicitaria tampoco se limita a mostrarnos un producto; durante unos segundos nos cuenta quiénes podríamos llegar a ser si compramos ese producto o contratamos ese servicio. Un titular no solamente informa sobre un acontecimiento; decide qué parte de ese acontecimiento ocupará nuestra atención y las publicaciones que aparecen en nuestro teléfono no están allí porque el mundo decidió que debíamos verlas, sino porque alguien —o algo— aprendió que probablemente queríamos hacerlo.
Todo eso también es un lenguaje, solo que nadie nos enseñó a leerlo.
Durante generaciones nos enseñaron que leer consistía en reconocer palabras y comprender frases, nadie nos preparó para una época en la que una imagen pudiera ser más persuasiva que un argumento, en la que treinta segundos pudieran........
