Un cabecilla menos, una ciudad encerrada
Por: María Alejandra Victorino Jiménez
Lo que pasó en Santa Marta durante esta semana es la evidencia y el resultado de la incomprensión de cómo atender una problemática histórica y estructural que vive desde hace décadas un territorio. La suma de los errores cometidos deja incontables efectos negativos y sigue reduciendo el espacio democrático en una de las regiones que más peso tiene en las elecciones de este país.
Las avanzadas militares que lidera el Presidente De la Espriella, en su búsqueda por conquistar la seguridad como el milagro inicial de su gobierno, demuestran una verdad incómoda que sigue siendo un lastre que cargamos como país, en la que no aprender de nuestra historia nos condena a repetirla.
Estamos de acuerdo en que es necesario recuperar la tranquilidad de todas las personas que viven bajo el control de grupos que extorsionan, asesinan y explotan a una población. También debemos estar de acuerdo en que las personas que habitan estos territorios merecen todo el cuidado y protección; a la distancia, padecimos con ellos las 72 horas de encierro que tuvieron que vivir. Algunas consecuencias del enfrentamiento armado son inevitables, pero pueden minimizarse.
Los paros armados no son una acción aislada de los grupos armados ilegales, ya está documentado que ocurren como retaliación ante una acción del adversario o como un ritual que busca sembrar de manera coercitiva una recordación de fechas especiales para ese grupo en los territorios que gobiernan. Prever la ocurrencia de un paro armado es relativamente sencillo.
Ante una........
