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El pequeño Abelardo te está mirando (o cómo la empresa electoral de De La Espriella ‘hackea’ tu cerebro)

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29.05.2026

Esta columna hace parte de una serie de textos y análisis sobre las elecciones, escritos por distintos expertos, académicos e invitados. Puede leer otras perspectivas y argumentos en nuestra sección de opinión, aquí.

“El Gran Hermano te está mirando” —1984, George Orwell

“Voy a votar por ‘El Tigre'”, le oí decir a un taxista el otro día, y su respuesta—sincera, sin afán de convencimiento, rabia ni provocación— me dolió. No solo por lo que reveló de él, sino por lo que este oráculo pasajero reveló de mí: mi incapacidad para ver bien a ese grueso del electorado más allá de algunos espacios predecibles y accesibles donde la fobia a cualquier forma de izquierda es evidente y, por lo tanto, intratable. Convencer es estéril.

En este punto de la campaña electoral siento que no sé nada. Desde mi burbuja cognitiva y mi niebla digital, apenas puedo repetir lo que balbuceé hace cuatro años, cuando vi que el “ingeniero” Rodolfo Hernández estuvo a punto de comprarse el tiquete a la presidencia de Colombia mediante una millonaria operación de hackeo cerebral al electorado. Un mes más de campaña y tal vez habría remontado los 700.000 votos de su derrota.Ahora, muerto Hernández y vacío ese margen espectral, el espacio le quedó al abogado Abelardo de la Espriella, un personaje de otra estirpe que representa, con fidelidad, a sus 47 años, al país aspiracional del nuevo dinero que viene a reclamar su turno en la presidencia.

El fenómeno De la Espriella ya ha sido comprobado en otras latitudes: “se elige a un fascista de verdad creyendo que es de mentira, por miedo a un comunismo de mentira que se cree que es de verdad.”

“Esta no es una campaña de maquinarias ni de politiquería. Esta es la fuerza del pueblo colombiano despertando para recuperar la Patria”, declara De la Espriella, autosatisfecho y henchido en la faja de su chaleco antibalas, desde una pecera de vidrio, escoltas y carros blindados. Necesita comunicar, una y otra vez, lo único que le permite destacar en la arena electoral: la transgresión.

La transgresión como arma política capaz de llegar a grupos variados y dispersos y de unificarlos sobre la base del descontento, por vía de consignas unívocas, lejanas al carácter compuesto e incierto de lo real, bajo la ilusión cuasi religiosa de una puesta en escena inmediatista que avizora un cambio de un día para otro; como si toda esta contienda electoral se pudiera resumir a la compra de un tiquete de lotería amañado que, a pocos meses, le hará el milagro económico a cada creyente de la iglesia del capital que participó de la liturgia del voto.

Cualquier ataque o acusación, probada o por probar, será como apagar una hoguera con gasolina: hará subir más al candidato en popularidad. La confesión de sus faltas y delitos —por boca propia o ajena— se convierte en prueba de soberanía: “Pueden decirlo, mostrarlo, referenciarlo y, aun así, permanezco intocable”. Una frase de Aberlardo de la Espriella en 2015 lo graduó nacionalmente como litigante de la transgresión: “La ética no tiene nada que ver con el derecho”.

Esta actitud transgresora tiene una dimensión política crucial: permite a los seguidores gozar de la ilusión de poder hacer lo mismo en su propia vida y con su propia voz. Pero es una ilusión perversa, es la trampa del populismo autoritario: vende la fantasía de una soberanía compartida mientras mantiene intactas las jerarquías y estructuras que producen desigualdad. El votante que se siente cuestionado —por su clase, por su miedo, por su credulidad— acudirá a las urnas para demostrar que es libre y que nadie le dice cómo pensar. Y con ese gesto gregario de transgresión libertaria votará por un proyecto que, pasada la poesía de la campaña y bajo la prosa de gobernar, se dedicará metódicamente a desmantelar la misma libertad que como votante creyó conquistar.

La empresa electoral de De la Espriella minimiza el contacto directo, la entrevista extensa o la elaboración de un discurso complejo, y capitaliza el plan de datos de cualquier alma nacional. La plaza pública es la tarima digital y la mayor parte de la operación sucede en servidores informáticos, en grupos de WhatsApp escalonados por niveles de “referidos”, en videos generados algorítmicamente que mutan según el perfil del votante: al uribista duro, la imagen del “Tigre” aplastando guerrilleros; al evangelista, la foto rodeado de pastores; al joven indignado con Petro, el meme que convierte a De la Espriella en felino omnipotente saltando sobre las ruinas del palacete petrista; a la madre soltera y cabeza de familia, el video De la Espriella como esposo proveedor bíblico; al votante de nueva clase media que sueña con orden, el video épico con........

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