El candidato de la “IA”: Abelardo de la Espriella
“Yo quiero un Plan Colombia 2 y que las bases americanas vuelvan. Yo voté por el presidente Trump. Yo soy republicano en Estados Unidos. Yo creo que lo ideal para la economía colombiana sería dolarizarla”, dijo esta semana Abelardo de la Espriella, candidato presidencial y ciudadano estadounidense, en una entrevista para el canal de un líder religioso y ante su amplia audiencia de creyentes.
“Fuck AI! Fuck AI! Fuck AI!”
El 4 de junio de 2026, el comediante Ronny Chieng llegó ante a los jóvenes graduados de Harvard con un único mensaje:
“Vine aquí para decirles que la misión de su generación es destruir la IA”.
“Para lograrlo, tendrán que capturar y reprogramar una IA… enviarla al pasado para derrotar a la IA actual”.
Era un chiste de un bufón ante la corte universitaria de una universidad de élite, pero también la descripción más honesta ante la población que más puede sentir la amenaza de esa paradoja: para destruir el sistema con sus propias armas habría que edificar otro sistema igual, y entonces el sistema ya habría ganado. El enemigo de la “IA” no tiene dirección local. Los tecnobarones viven en sus yates y mansiones, pero no ocupan un cargo del que puedan ser removidos en una elección. Ellos operan donde las reglas no llegan, bajo un sistema político y económico que han hecho servil a sus intereses.
Mark Fisher, el crítico y filósofo británico, lo formuló sin adornos: “Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Y cuando alguien objeta que criticar el sistema desde adentro es hipocresía, tenía lista la respuesta: decir eso es como afirmar que no se puede criticar la contaminación a menos que se deje de respirar. Pasa lo mismo con internet.
Usted busca trabajo, no lo contratan. Solicita un préstamo, se lo niegan. Paga la salud de su madre y la mensualidad sube sin aviso. Cuando llegó el diagnóstico de un tratamiento costoso de una enfermedad propia o de un familiar, abrió ChatGPT y tecleó su miedo —con su nombre, su correo, su historial, su geoposicionamiento—. Su rastro no desapareció: existe hoy en servidores de organizaciones que usted nunca contrató, que convierten su vulnerabilidad en un perfil estratificado que otros compran para decidir si usted accede al trabajo, al crédito y a las condiciones de cobertura de salud. Su argumento era: la privacidad es para los culpables. Pero la pregunta nunca fue qué escondía usted, sino qué podían hacer otros con lo que usted revela sin saberlo. Lo que saben de usted no lo usan para protegerlo: lo usan para ponerlo contra las cuerdas —para anticipar su desesperación, calibrar su umbral de pago, ofrecerle lo suficiente para que siga dentro del sistema sin poder salir del mantra de trabajar, trabajar, trabajar—. Es el kafkiano amanecer del siglo XXI: cuando Gregorio Samsa se despertó convertido en insecto, al menos lo sabía. Nosotros amanecemos al servicio algorítmico de alguien más, para el beneficio de muy pocos, bajo un sistema de autoexplotación que conduce a un embrutecimiento colectivo, gregario y sectario, que asumimos como algo enteramente natural y aceptamos con culpa —como si algo nos faltara por no tener un “emprendimiento”, o un segundo o tercer trabajo.
Mire su pantalla. ¿Qué candidatura presidencial en Colombia obedece y es fiel al credo de la “inteligencia artificial”? ¿Quién hace un uso extensivo de esa maquinaria digital que trae un aniquilamiento implícito de todo lo conocido: empleo, gente, naturaleza, vida?
La empresa electoral de De la Espriella es la primera campaña presidencial colombiana construida enteramente sobre lógica de plataforma y bajo la idea de hackear la mente de sus votantes: en vez de ideas, imágenes, en vez de programa y experiencia política, viralidad medida. Esa máquina de microsegmentación —que convierte al personaje barbado en felino omnipotente para el joven indignado, en esposo bíblico para la madre soltera, en héroe de acción para el votante del orden— parece un accidente criollo, pero es el modelo del candidato Rodolfo Hernández........
