Un futuro a media caña, por Maritza Espinoza
Aún no ha cumplido cien días en el poder (va por poco más de la mitad), pero ya tenemos elementos para vislumbrar con alguna claridad lo que será la gestión de Keiko Fujimori. Y no, no será un apocalipsis totalitario, como sus detractores pronostican. Tampoco el nirvana de progreso y felicidad que sus -cada vez más desencantados- adeptos auguran. La vida enseña que rara vez nuestros sueños o nuestras pesadillas se cumplen.
Atrevámonos entonces a hacer algunos vaticinios basándonos en lo que la realidad, y no los discursos, nos ha mostrado en estas semanas. De entrada, es obvio que Keiko Fujimori, en materia de decisiones, anda más perdida que la mamá de Marco (chiste boomer) y, en capacidad de gestión, no es precisamente el lápiz más afilado del estuche. Es fácil notarlo en sus escasas declaraciones a la prensa: puras generalidades, lugares comunes y un afán de ofrecer obra pública en lugar de soluciones estructurales. También está su escaso protagonismo en los consejos de ministros en los que, según ha trascendido, apenas abre la boca para saludar y despedir a los asistentes.
¿Otra señal? La pobreza de su discurso -incluyendo el que leyó en la ONU, que parecía redactado a cuatro manos por Fernando Rospigliosi y Milagros Aguayo- y las escasas muestras de eso que se........
