“La tarde de los hombres grises”, cuento de Gabriel Rimachi Sialer
A los doce años, el mundo de Julián medía exactamente las cuatro cuadras que separaban su departamento, en el cuarto piso de un viejo edificio en la avenida Arenales, del colegio particular donde estudiaba. Era un territorio de ruidos familiares: el freno hidráulico de los buses abajo en la calle, el lejano pitido del afilador de cuchillos, los gritos de alguna pelea de borrachos los fines de semana, y el crujido del parqué viejo cuando su madre, Lourdes, caminaba de madrugada alistándose para el turno en el hospital Rebagliatti. Vivían una vida de horarios estrictos y silencios compartidos, una rutina que Lourdes había construido como un muro de concreto para protegerlos del desamparo. Fue un martes de agosto, de esos días en que Lima nos castiga con su clima horrible, húmedo y frío, y el cielo se encapota con una neblina densa que huele a mar, a tristeza y a humo de escape, cuando el muro empezó a agrietarse.
Julián estaba sentado en el sillón, con el buzo del colegio todavía puesto. Tenía el celular a pocos centímetros de la cara. De pronto, la pantalla parpadeó. Era una notificación de inbox en Instagram. La cuenta no tenía foto de perfil. El nombre de la cuenta era m.c.1982. El primer mensaje decía:
¿Sigue todavía el ficus gigante en la esquina de tu colegio, en Don Bosco?
Julián frunció el ceño. Se incorporó un poco en el sillón. Sintió una punzada en el estómago, esa desconfianza natural que le habían enseñado a tener frente a los desconocidos en Internet. Sin embargo, la precisión del dato lo ató a la pantalla. El ficus estaba ahí, enorme, rompiendo la vereda con sus raíces gruesas donde los chicos de secundaria se sentaban a estorbar el paso. Dos minutos después, la burbuja de chat volvió a agitarse:
No te asustes, Julián. Sé que tu mamá te ha dicho que no hables con extraños. Y tiene razón. Ella siempre ha sido la más inteligente de los dos. Solo quería saber si estabas bien.
El corazón del chico dio un vuelco desordenado, un latido largo que le golpeó la garganta. El miedo te enfría la sangre a una velocidad que no comprendes ¿Y si fuera uno de esos pedófilos que rondan en las redes? La piel se pone helada volviendo tus movimientos torpes. ¿Estaría bien responderle a aquel extraño? Julián escribió su primera respuesta: ¿Quién eres? ¿De dónde conoces a mi mamá?
La pantalla mostraba tres puntos que se agitaban como una ola enloquecida: subían y bajaban. De pronto desaparecían. Luego volvían a subir y bajar. Alguien escribía y borraba del otro lado. Alguien tenía también la piel fría por algo parecido al miedo. O tal vez no.
Durante las tres semanas siguientes, el hombre de la cuenta m.c.1982 reveló un conocimiento nostálgico que fascinaba y aterraba a Julián.
—¿Tu mamá todavía guarda los discos de Silvio Rodríguez en el cajón de la cómoda grande? —preguntó un viernes.
—Sí —respondió Julián, mirando de reojo el mueble de caoba en el dormitorio de Lourdes—. Pero ya no tiene dónde tocarlos. El tocadiscos se malogró hace años. Ahora es una pieza de museo. Si quieres música tienes el Spotify.
—Típico de........
