Un día de verano en Oleiros, la pequeña Galifornia
Hay días de verano que parecen escritos de antemano. No porque suceda algo extraordinario, sino precisamente porque nada necesita serlo. La escritora estadounidense Jenny Han lo tiene claro: “Todo lo bueno, todo lo mágico, sucede entre los meses de junio y agosto.”
El día empieza en casa, con un desayuno sin artificios. Unas tostadas bastan cuando el pan es bueno. Y el de Pan da Moa lo es. Uno de esos panes que recuerdan que las cosas sencillas requieren tiempo, oficio y una harina que también tiene su historia y sus amigos. Como bien sabe Rafa Cuiña, al final casi todo tiene una explicación.
Después llega el paseo. En Oleiros –972.000 metros cuadrados de zonas verdes– caminar mirando al mar no es una obligación saludable ni un propósito deportivo. Es, simplemente, un placer. Un lujo discreto. La costa, tan cuidada que algunos la llaman “la Suiza gallega”, parece hecha para reconciliarse con la lentitud.
Aquí hay turistas, claro, pero sobre todo hay visitantes y viajeros. Gente que viene a estar, no a invadir. Y hay parques que se asoman al Atlántico con una naturalidad que sorprende. El de las Trece........
