¿A dónde se fueron los veranos?
No sé a donde fueron a parar los veranos. Los veranos donde el tiempo transcurre como las sobremesas de los domingos. Con la única preocupación de que no terminen nunca. Eran de color amarillo, eso lo recuerdo bien, amarillo como la mostaza, y olían a plástico. El plástico de los flotadores, el del balón de Nivea. El plástico de los helados y de la manguera que salvó algunas tardes imposibles.
Nadie llevaba reloj, uno con calculadora si acaso, para escribir TETAS con los números al revés, y porque el Miguel no se sabía las horas y había que ponerle una alarma diez minutos antes de su toque de queda. Antes de la zapatilla en la nuca.
Al reloj nunca lo mirabas. Solo estaba ahí.
Los partidos de fútbol duraban cien horas. El que meta gana. Pero allí nunca ganaba nadie
Íbamos a todas partes corriendo. A la piscina, al callejón, a comprar el pan, a ningún sitio, porque los lugares no eran lo más importante. Las piernas infinitas. Y los vasos de agua de penalti al llegar, los del suspiro al terminar. “Bebe a modo que una vez un rey después de jugar un partido de tenis bebió un vaso de agua sin parar y se murió”........
