El servicio de incendios... entre llamas
Fue un verano infausto. Este año fue el agua; hace un siglo…, el fuego. El poder destructor de las llamas que se adueñaban de los edificios en Puente Mayor, la Plaza del Corregidor o Progreso, en época canicular, causó pavor. No daba tregua. Acaecía un siniestro tras otro. No obstante, el incendio que se propagó por el inmueble número 109 de Progreso, cuando parecía expandirse por las demás construcciones de la calle, hizo saltar todas las alarmas. Puso de tal manera las almas en vilo que, desde ese mismo instante, los valedores de la capital, priorizaron crear, cuanto antes, un servicio defensivo contra el fuego.
Existían bomberos, sí; pero no existía Cuerpo de Bomberos. Tanto la instrucción como los utensilios estaban anticuados. No respondían a las necesidades de una ciudad que, a medida que crecía, construía edificios más altos. Bastaba un cortocircuito, la llama de una vela, o una imprudencia involuntaria para que la tragedia hiciese acto de presencia.
Lo sucedido sobre las dos de la tarde, frente a la Alameda del Crucero, en la propiedad del maestro de obras, José Pintos, dejaba, a las claras, que la labor de los servicios de extinción era ineficaz. Al poco rato de iniciarse el fuego en la buhardilla del bloque de viviendas de nueva construcción -de tres plantas y bajo (ultramarinos)-, las llamas........
