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Fútbol

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Nací en octubre de 1959. Pertenezco, por tanto, a una generación que todavía aprendió a esperar. Esperar el cumpleaños, esperar la navidad, esperar la carta que llegaba semanas después de haber sido enviada y, por supuesto, esperar cuatro años para volver a ver un mundial de fútbol.

El primer mundial que recuerdo fue el de Inglaterra 1966. Tenía seis años y apenas entendía las reglas del juego, pero comprendí algo mucho más importante, que durante un mes el mundo entero parecía hablar un mismo idioma. Desde entonces han pasado sesenta años, catorce copas del mundo y una vida entera. El torneo que comenzó el 11 de junio de 2026 es el decimoquinto mundial que veo.

Si la biología coopera y la fortuna me acompaña, quizás alcance a ver veinte. La mera posibilidad me parece una razón suficiente para sonreír. A lo largo de estas seis décadas han cambiado las reglas, los jugadores, los sistemas tácticos, los balones, los estadios y hasta la tecnología. Lo que no ha cambiado es la capacidad del fútbol para convertirse en uno de los grandes escenarios de la vida cotidiana. Los sociólogos solemos buscar explicaciones complejas para fenómenos sencillos. Sin embargo, pocas cosas revelan tanto sobre una sociedad como la manera en que vive el fútbol.

Allí aparecen las identidades colectivas, los........

© La Razón