La ingeniería del odio
El odio, como el amor, no surge de forma espontánea ni de la nada; hunde sus raíces en nuestra naturaleza como especie. Desde la psicología evolutiva, se lo entiende como una respuesta adaptativa vinculada a la supervivencia y a la protección de recursos. Más que un “fallo del sistema” o una simple expresión de maldad, sería un mecanismo biológico que se activa frente a individuos o grupos percibidos como una amenaza o un costo neto para la supervivencia, sin posibilidad de cooperación. Su función no es reparar ni negociar, sino neutralizar el peligro mediante el aislamiento social, la distancia permanente o, en casos extremos, la agresión letal.
Sin embargo, una respuesta que antes surgía ante peligros reales y concretos también puede activarse, amplificarse e incluso fabricarse casi desde cero. Mediante narrativas repetidas, imágenes cuidadosamente seleccionadas y estrategias de comunicación deliberadas, es posible provocar aversiones profundas y divisiones allí donde antes había indiferencia o convivencia pacífica. Un experimento muestra con notable claridad cómo ese odio puede construirse de manera artificial y controlada.
En 1954, el Dr. Muzafer Sherif, de la Universidad de Oklahoma, realizó un experimento clásico de la psicología social. Reunió a niños de 11 y 12 años que no se conocían entre sí y los dividió en dos grupos: los “Rattlers” y los “Eagles”. En la primera etapa, cada grupo permaneció aislado y participó en actividades comunes que fortalecieron la cohesión interna, el liderazgo y un marcado sentido de pertenencia.
En la segunda etapa, Sherif incorporó competencias estructuradas: torneos deportivos, pruebas con resultados manipulados y situaciones en las que un grupo........
