El poder es un préstamo
En la antigua Roma, cuando un general obtenía una victoria extraordinaria, el Senado podía concederle el honor de celebrar el triumphus, la mayor distinción reservada a un vencedor. Era la representación misma del poder. La ciudad se convertía en escenario. El general avanzaba en un carro dorado, tirado por caballos blancos. Su rostro se pintaba de rojo, como el del dios Júpiter. Vestía púrpura, llevaba corona de laurel. Durante unas horas dejaba de ser un hombre común y pasaba a encarnar algo más grande que él mismo. La multitud lo aclamaba. Ese era, precisamente, el riesgo.
Los romanos no eran ingenuos. Sabían que el poder no sólo se ejerce; también se siente. Y que, cuando se lo siente demasiado, empieza a deformar a quien lo ejerce.
Por eso, detrás del vencedor marchaba un esclavo. No formaba parte del espectáculo. No era símbolo de gloria. Era un recordatorio. Durante todo el recorrido debía inclinarse y repetir una frase breve, que contrastaba con el ruido del triunfo. Le decía al........
