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Contra el cambio de hora y contra el horario de verano

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28.03.2026

Shakespeare (1564-1616), en «Trabajos de amor perdidos», una de sus comedias más tempranas, afirma que «el tiempo modifica el curso de las cosas». La próxima noche, como tantas otras de primavera desde hace más de medio siglo, desde las crisis energéticas de los años setenta del siglo XX, a las 2:00 de la madrugada serán, por el artículo 22, las 3:00 y dará comienzo el llamado horario de verano. Habrá más luz por las tardes, anochecerá horas después y a principios del verano todavía será de día en algunos lugares de España incluso a las 23:00 horas. El horario de verano, en teoría, tiene más partidarios que detractores, lo que no impide que sea un disparate mayúsculo y todavía mayor en el caso español. Los argumentos están encima de la mesa y son contundentes para quien quiera aceptarlos. No obstante, conviene seguir el consejo de Churchill (1874-1965): «Si tienes que resaltar un asunto importante, no seas sutil, ni ingenioso. Utiliza un martillo pilón. Golpea sobre el punto una vez. A continuación, vuelve a golpear en el mismo sitio. Luego, golpea por tercera vez con un tremendo mazazo».

El despropósito del horario de verano se une al dislate franquista que, en 1940, decidió que España abandonara el huso horario que le corresponde y adoptara el de Alemania. Todo para que, al inicio de la II Guerra Mundial y con el avance de los ejércitos alemanes, Madrid tuviera la misma hora que Berlín, pero sesenta minutos adelantada a la que debería ser. También de entonces viene la costumbre española, tan llamativa para los extranjeros, de comer a las 14:00 e incluso a las 15:00 horas y cenar a las 22:00 y también más tarde. En las zonas rurales, a las que los cambios llegaban más tarde, era habitual que hasta avanzada la década de los sesenta la gente comiera a las 13:00 o las 13:30 como tarde y cenara no después de las 20:00. Vivían, más o menos, con el horario solar. Todo empeora, además, cuando se aplica, como a partir de esta noche, el horario de verano, que significa vivir con ciento veinte minutos de adelanto sobre la luz solar. Permite jugar al golf hasta mucho más tarde, pero es una anomalía. Es absurdo que Madrid y Santiago de Compostela compartan hora con Roma, que está a 1.360 y 1.725 kilómetros de distancia en línea recta. Por cierto, el argumento del ahorro, ahora que puede haber otra crisis energética, hace tiempo que se demostró que es falso. Y sí, «no se llamen a engaño, esto es un panfleto», como decía Fernando Savater de un texto suyo sobre el separatismo, pero es que «el tiempo modifica el curso de las cosas» según Shakespeare.


© La Razón