Los hijos de Apolo
Volver a la Luna no es solo un anhelo científico, también lo es emocional. Se lo dice alguien que nació entre los vuelos de Apolo 16 y 17, en las postrimerías del programa lunar estadounidense. Y aunque llevo una vida lamentándome por no haber disfrutado de la emoción de aquellos días, todas mis quejas han caducado esta semana. Es el milagro de Artemis 2. Y es que, aunque crecí sometido a los impactos que nos dejaron las primeras misiones tripuladas a la Luna, me quedó el sinsabor de no haberlas podido ver con mis propios ojos.
Mucho antes de la irrupción de los transbordadores espaciales o de los cohetes de Elon Musk, los juguetes, tebeos, series de televisión, música o cine de los setenta se llenaron de réplicas del Saturno V, el proyectil que elevó a dieciocho hombres hasta la Luna y que permitió que doce de ellos llegaran incluso a pisarla. Tuve que conformarme con eso y, acaso, con las reemisiones de la eterna cantinela de Jesús Hermida en Televisión Española. Lo único bueno de aquello fue que la cancelación de la Apolo 18 y el fin de la «carrera espacial» me pilló tan pequeño que me ahorró el bochorno de ver tirar a la basura los planes de «colonización» del satélite que, oh paradoja, en estos años han rescatado las administraciones Obama, Biden y Trump.
Lo que pasó a principios de los setenta fue tan mundano como decepcionante: Vietnam, los conflictos con la URSS o las tensiones internas de Estados Unidos, frenaron en seco la exploración lunar con humanos. Una vez plantada allí la bandera de las barras y estrellas y humillado el adversario soviético, el mundo prefirió apostarlo todo a la explotación de la baja órbita terrestre. La llenamos de satélites. Dejando la Luna atrás, desarrollamos las telecomunicaciones, los GPS y hasta los pronósticos meteorológicos, pero renunciamos a la aventura de hollar otros mundos. Esa actividad era cara. Tenía riesgos. Y requería de una enorme capacidad visionaria. Por eso acabó.
También ocurrió algo más: en estas décadas de sobreexplotación de la órbita terrestre, se ha tachado de románticos a los que apostábamos por las viejas ideas de Von Braun. Pero ese ha sido el reproche menos malo que podían hacernos. En mi caso, además, la etiqueta es hasta apropiada. Yo soy un hijo accidental del programa Apolo. La noche de aquel lejano verano de 1969 en la que Neil Armstrong puso pie sobre el regolito del Mar de la Tranquilidad, mi madre fue a ver el acontecimiento a la tele de un bar de Rosas, en la Costa Brava. Estaba allí por casualidad. Una familia de Olot, los Tremoleda, le había pedido que reforzara la química y las matemáticas de sus hijas de cara al inicio del curso escolar, y le ofrecieron pagarle unas clases estivales, habitación y pensión completa, cerca del mar. Ella aceptó y en los autos de choque conoció a un joven cartero, en comisión de servicio, que se había recorrido en vespa la mitad del país para sacarse un dinero en el pueblo. Justo aquella noche, los dos quedaron para ver la llegada de los americanos a la Luna. Aquella noche se enamoraron. Y aquella noche iniciaron una órbita conjunta que todavía dura y que me traería al mundo poco antes de que la Apolo 17 abandonara el valle de Taurus-Litrow y se cancelaran los vuelos lunares.
Casi cincuenta y tres años después, aquel niño que se fascinó con las Apolo y que jugaba con sus cohetes de plástico, les ha dado ya nietos. Hoy, uno de ellos estudia ingeniería aeroespacial en la Universidad de Colorado. Se llama Martín y quiere trabajar en la Luna. En junio de 2019, su hermana Sofía y él me acompañaron a Zúrich al Festival Starmus, un encuentro internacional de músicos y científicos de talla mundial, y tuvieron la ocasión de pasar unos días con Charlie Duke –piloto del módulo lunar de la Apolo 16–, con Alexei Leonov –el mítico cosmonauta soviético que dio el primer spacewalk fuera de una nave–, o Buzz Aldrin –el segundo hombre en pisar la Luna–. Martín tenía entonces doce años recién cumplidos, Sofía solo diez, y cargaron sus Legos espaciales para jugar con aquellos héroes. Creo que allí les picó el mismo virus que a mí. Lo intuyo porque solo tres años más tarde Martín se enroló en el Space Camp que NASA organiza cada verano con adolescentes de medio mundo, adiestrándose durante días en sus instalaciones de Huntsville, Alabama, como si fuera a despegar en su próximo vuelo. Lo sumergieron en la piscina de entrenamiento, lo voltearon en sus generadores de gravedad y hasta lo instruyeron en simuladores de vehículos espaciales reales. Allí forjó también su vocación Christina Koch, la especialista de Artemis 2 que en estos momentos sobrevuela la cara oculta de la Luna, y allí, como Martín ahora, aprendió el insustituible valor del trabajo en equipo.
Por esta razón, el viaje cósmico que está desarrollándose a estas horas es algo que trasciende lo tecnológico y que apela a las emociones. El Jueves Santo de madrugada lloré de alegría al ver la nave Orión internarse en el espacio profundo. Y lo hice porque sé que los cuatro astronautas que van a bordo están abriendo una puerta a nuestra especie que debimos cruzar cuando yo solo era un bebé. Ojalá ahora recuperemos el tiempo perdido y los novios de Rosas puedan ver pronto a su nieto trabajando en la Luna.
Javier Sierra,es escritor y Premio Planeta de novela.
