Feminismo carbonizado
Hace años que descubrí a Un Tío Blanco Hetero —por si vives en una aldea de Belice y no lo conoces, tenía olfato y lo tiene (a pesar de que analizaba la realidad con una media en la cabeza) y sentido común para evaluar el contemporáneo sin cursilería, ni rabia, con humor, como si no fuera de este planeta, parte implicada y doliente, como la mayoría de los opinadores que tiran demasiado de la herida personal y aburren y se desacreditan a la vez.
UTBH. Me atrajo su nombre o claim, potente y sencillo (que llegó en el momento oportuno, cuando el creciente feminismo quería encerrar a los tíos en el armario) a pesar de que todas las modernas le detestaban (justo por ese nombre) y le detestan. A mi me gusta escuchar “la otra versión”. Y no soy una moderna. Por eso me encargaron “Feminismo Irreverente” (Esfera de los Libros, a la venta el 4 de Marzo).
Le envié mi ensayo muy contenta (aún no lo ha recibido) pero ha comentado en su canal de Youtube que el fucking feminismo está muerto. Que llegamos tarde, que quizá tenga buena intención intentar un feminismo más adulto, menos misándrico… pero que el momento ya fue.
No estoy de acuerdo. El feminismo está vivo y es tan necesario como hace 25 años. No olvidemos que el mundo no es woke a pesar de las brasas que nos comemos; sino un lugar asquerosamente clasista, racista y machista; y eso no excluye a las democracias occidentales ni a los barrios pijos de Madrid, llenos de universitarias con masters y entrenador personal que sienten que la utopía feminista ha llegado porque su robot de cocina tiene voz de mujer y “yo estoy bien” mientras se gastan todo lo que ganan en neuromoduladores, piensan que un señor que “se viste por los pies” ha de pagar la cuenta, que si tienes escroto abres la puerta, si eres una mujer limpia y cabal te depilas y no envejeces…Mejor no hablar de zonas donde la teoría de género no llega porque están demasiado ocupados llegando a fin de mes.
El machismo ni se crea ni se destruye se transforma, cambia de aspecto y de soportes, se opera la nariz. Si el feminismo estuviera muerto no estaríamos hablando de él. No habría partidos usándolo, ni detractores combatiéndolo.
Lo que sí acepto es que eso llamado feminismo en los últimos años es repelente. El movimiento desde la memez que se ha movido entre el cerebro dicotómico, la caza de brujas y el oportunismo, donde la discrepancia es traición y el matiz, sospecha. El feminismo que estigmatizó al hombre y se enamoró de su propio narcisismo es una peste. Y tiene lo que se merece: está carbonizado.
Por eso muchos jóvenes piensan que no son feministas. Pero lo son (puede que gracias a esas chapas) y no defienden la desigualdad jurídica, no añoran la tutela masculina, ni quieren volver a 1950 donde la mujer no podía votar ni divorciarse. Saben o deberían saber, que la libertad se alcanza gracias a movimientos que evolucionan las sociedades, como el liberalismo y el feminismo. Lo que rechazan los chicos de ahora es que les excluyan, el envoltorio agresivo, el moralismo obtuso, la instrumentalización política y la estética Belarra. Lo que no se tragan ya es el virtuosismo-Errejón, epitafio de una banda entre la superioridad moral y el 'sálvese quien pueda'.
Porque el feminismo no es una superstición (ni el patriarcado). Es una conversación sobre libertad en sociedades complejas. Y esa conversación sigue siendo bienvenida. No en Tijuana sino en España donde las tías dedican el doble de tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados. No es paranoia: es el INE, donde las mayores cobran pensiones un 30 por ciento inferiores a las de los hombres porque la maternidad funciona como un impuesto silencioso que solo pagamos las mujeres. Impuesto en dinero —porque ganamos menos, ahorramos menos, cotizamos menos, carreras truncadas, patrimonios más débiles, pobreza en la ancianidad…
Hay mucho más. Decir que el feminismo ha muerto es como decir que la democracia ya no interesa porque los partidos aburren, porque la izquierda lo convirtió en aparato. Y el centro decidió odiarlo en bloque.
Entre unos y otros, el feminismo (detesto esa palabra masticada y escupida) quedó atrapado y es hora de liberarlo.
Y sí, el debate ya no es cool; mucho mejor. Cuando una causa deja de estar protegida por la moda, solo sobreviven los buenos argumentos. Ahí es donde empieza lo interesante.
