La pendiente de lo pendiente
Un fragmento de un antiguo proverbio hindú, que no está claro si es un proverbio que proviene de la religión o del gentilicio. Si fuera el último caso, se trataría de un viejo proverbio indio, que al cabo, no cambia el sentido. Una parte de ese proverbio afirma que un libro cerrado es un amigo que espera.
Esto es, un algo de misterio, un algo amable, una no amenaza, una amenaza inversa, algo de esperanza, en el entendido de que la espera no implica necesariamente algo positivo sino al contrario, una negatividad que hace posible lo nuevo, y lo bueno. Será por eso que se suele decir que solo las personas inconformes con el estado de cosas, con el mundo como está, con sus relaciones personales endebles, con sus carencias y otras normalizaciones, finalmente, tienen las ganas de cambiar. Todo, un poco de todo. Desde una maceta de lugar, hasta a una Federación que vuelve siempre, cada tanto, a intentar imponer de nuevo a una patria entera, el retorno al feudalismo. El eterno retorno.
Un libro cerrado es un pendiente, por eso espera, con paciencia. Pero ser abierto no depende de él. Depende del otro, de la otra parte. Todo lo pendiente tiene dos partes, una cosa pendiente es dialéctica, así se trate de personas o de colectivos, viviendo en un hilo que divide la decisión de la indecisión. Hay emociones pendientes que a veces se resuelven con una palabra, con un roce de piel, con una mirada que no se desvía. Hay sanaciones pendientes, que no del alma, de los ojos, de la nariz, del hígado graso, de los tendones, algunos, de la mente.
Esas sanaciones, a su vez, suelen depender de otros pendientes, como el de lograr ingresos, algún día, de alguna manera lícita. Esos pendientes tampoco están en la voluntad de las personas sino en las oportunidades, que aparecen cada vez que muere un obispo. La muerte de un obispo pederasta también es una cosa pendiente, para la vida misma.
Las casas están llenas, o vacías, según la mirada, por las cosas pendientes. Hay rincones en los que crecen las telarañas, para tranquilidad de las tejedoras, para el terror de sus presas, que algún momento, habrá que limpiar, causando un particular desequilibrio ecológico de escala minúscula. Hay un oficio por desarrollar, que se aplaza todos los años, casi siempre antes del carnaval, y vuelve a aparecer a fin de año, con promesas y adquisición de insumos para lograrlo. Sea este inmaterial o no.
El oficio de dibujante, carpintero casero, sastre en los ratos libres, matemático de medio pelo, escritor de historias repetidas, del viaje, del encuentro, del asedio. El oficio de chef tradicional, el de chef experimental que fusiona, como en el mundo new age, las tradiciones locales con las del Asia profunda, los temazcales, las especias de la india y un chuño de remate. Esos también son oficios queridos, ansiados, pendientes, que con el tiempo se hacen aún más pendiente arriba. Es altamente probable que ninguno de esos deseos, que son pendientes en la existencia, vaya a lograrse.
Seguramente quedarán en el fondo de la amígdala como lo insatisfecho. Es que algunos, como los bienes materiales, tener una casa, una máquina para lavar la ropa, un patio para que el soñado perro de nombre romano corretee, dependen de más partes en la ecuación. Por de pronto, las cosas pendientes que están en la voluntad individual, podrían lograrse, con una palabra, un roce en la piel, un sutil beso desoñado, una sentada definitiva, con el propósito de escribir, pintar, dibujar, hacer el cálculo infinitesimal necesario para construir el juego para los gatos.
