Más allá del blanco… y negro
Eran comienzos de los 90. Tendría siete años. Alexánder, un primo a quien amo, me invitaba a ver al Once Caldas. Había que llegar a la avenida Kevin Ángel, subir una trocha y entonces sí, el estadio nos esperaba: gorriones era la entrada.La primera vez fue una experiencia hermosa. Conseguí un banderín y fue amor inmediato. Era un equipo pequeño, sí, pero era el de la tierra, con el que me identificaba. No me importaba que no fuera puntero, para mí era el mejor.Llegué emocionado a la escuela. Recibí burlas. La mayoría venía de los más grandes, hinchas de Nacional y del América, los equipos “ganadores”, los de moda. Ser del Once, incluso en Manizales, no era del todo normal.Sin saberlo, allí empezó algo más profundo que una afición. Creo que ese amor por el Once terminó........
