La pausa es resistencia
Tenemos la vida hecha un algoritmo de redes sociales. Estamos dejando que los días se nos vayan bajo tres rasgos típicos de las cadenas de Whatsapp o del scroll infinito de X o de TikTok: el afán, las emociones negativas y la propensión a la imagen. Ante esto, quizás debamos volver a darle espacio a la pausa, como resistencia a esta forma de vida. Llamo pausa a esta forma de volver a la conversación, en los tiempos pacientes del cuidado, del cuidarnos. De un lado, el afán nos hace querer tener la última palabra, la última actualización, el último minuto, la última versión, en una vida en la que creemos que solo destaca lo más reciente. De otro lado, la prevalencia de las emociones negativas nos hace creer que la razón la tenemos mientras más indignación generemos, mientras más odiadores profesionales sumemos a nuestra causa, mientras más “me gusta” y republicaciones —popularidad o aprobación, en la vida no digital— nos soporten los argumentos. Finalmente, la propensión a la imagen nos atrapa todavía más en el miedo a que nos cuestionen, a construir desconfianzas solo por hacernos críticas, a dar rodeos cuando solo se trata de decirnos lo doloroso, pero necesario. Es posible que así estemos llegando a deliberar en los espacios de responsabilidad y toma de decisiones. Es posible que sean las formas que hemos dejado que se apropien de los espacios de conversación cotidiana, en los que el afán, las emociones negativas y la imagen serían la peor receta para darles ánimo. Y qué bueno que lo llamo “ánimo”, porque son justamente estos tres ingredientes los que pueden hacer que en ocasiones lleguemos desanimados a nuestros encuentros. Darnos pausa es ponerle freno al afán. No tanto para convertir cualquier espacio en un entorno paralizante, sino para no subestimar el valor del tiempo al momento de acordar, de pensar, de corregir, de perdonar, de olvidar. Darnos pausa es no seguirle el juego en la vida a las emociones negativas de las redes. Es reconocer que el entorno de Whatsapp o Instagram, que a veces nos parece tan indispensable, tan útil para comunicar, viene también con la trampa real de hacer creer que arrojarnos comentarios es deliberar, o que hacer monólogos editados estratégicamente —como si fuera un video de Instagram— es transparentarse. Las redes están pensadas para que las emociones negativas, que despiertan reacciones fisiológicas profundas, como el miedo, el estrés, la euforia, nos secuestren la atención y nos dejen a merced de la publicidad (de eso escribí hace unos meses en Barequeo: https://shorturl.at/LorKp). No deben ser ellas las que gobiernen nuestra forma de encontrarnos y cuidarnos en otros espacios. Darnos pausa es despojarnos del culto a la imagen. Es permitir que nos veamos entre nosotros un poquito borrosos, desenfocados, desmaquillados, sin tanto control de daños a lo que puedan decir. Abrirnos al otro y hacernos vulnerables en su cuestionamiento o en su crítica. Hacernos cargo de que la responsabilidad viene con el escrutinio y con el poder de cambiar el rumbo. Sabernos hablar con amor, incluso cuando tengamos que decirnos lo más difícil. Siempre en la sospecha de que el dicho más incómodo es también el que puede venir con más soluciones. Tenemos la vida hecha un algoritmo de redes sociales y el antídoto lo tenemos en hacer la pausa de cuidarnos cuando nos reencontremos.
