Orlando Viera-Blanco: Cenando con Martín Luther King, sin miedo y sin rencor [I]
“Orlando, escuche bien. No es retórica, es realidad humana. Justicia es libertad, libertad es amor, amor es vida, que es felicidad. Pero sin redención no habrá justicia sino rencor”
Hay encuentros que ningún notario certifica pero que resultan más verdaderos que una biografía oficial. El mío con Martin Luther King fue de esa clase: no hubo apretón de manos ni acta de reunión, sino años de lectura terca hasta que su voz dejó de sonar a discurso archivado y empezó a sonar—sencillamente—a alguien esperando que le sirvieran la cena. Estábamos—sin estarlo—todos en casa.
Que quede dicho desde ya, no vaya a salir algún purista a exigirme la ficha del encuentro en un registro civil: esto que cuento no ocurrió, pero sí lo siento como si hubiese pasado. Más cierto que muchas cosas que sí ocurrieron, y con eso, para lo que aquí importa, me basta.
La mesa es modesta
Una casa de Atlanta con olor a pollo frito y pan de maíz recién hecho, una lámpara que apenas alcanza para el mantel y deja el resto del cuarto a oscuras, como si la casa entera supiera que afuera—en aquella Georgia de mediados de siglo XX—la oscuridad todavía tenía dueño y no se andaba con miramientos.
Él llega con el nudo de la corbata negra flojo, y cara de haber discutido más de la cuenta esa tarde. Se sienta, se sirve té helado sin preguntar si a mí me apetece—los hombres serios no pierden tiempo en protocolos y él lo era hasta para cenar—y me mira con esos ojos que guardan una brasa que ni la cárcel ni las bombas en su porche consiguieron apagar del todo.
—Siéntese—dice, tuteándome de entrada—. Cenemos que la Historia también se escribe entre plato y plato, no sólo en las marchas.
Así arranca esta cena que nunca sucedió pero que al contarlo, se vuelve más honesta que muchas que sí sucedieron.
Un niño criado entre sermones y estrecheces
Nació el 15 de enero de 1929, en el número 501 de Auburn Avenue, en Atlanta Georgia. Es hijo de un predicador que llenaba la Iglesia Bautista Ebenezer con una voz de trueno bien entrenado y de una madre—Alberta Williams King—que tocaba el órgano y enseñaba sin necesidad de sermón aparte, que la dignidad no se hereda: se ejerce todos los días, aunque cueste caro.
A los quince años ya estudiaba en Morehouse College, esa fábrica de médicos, pastores y cabezas pensantes negras que el país fingía no necesitar y necesitaba con urgencia. Luego llegó a Boston University, doctorado en teología. Leyó Hegel con la misma devoción con que de niño memorizaba los salmos—porque hasta la historia tiene sentido del humor—y conoció allí a Coretta Scott, cantante de formación clásica, con quien se casó bajo un roble en Alabama [1953], sin que ninguno de los dos supiera todavía que aquel matrimonio sería además de un asunto del corazón, una alianza de guerra.
—Uno no elige el siglo en que le toca nacer—dice cortando el pan endurecido, con más fuerza de la necesaria.
—Lo único que puede elegir es no comportarse como un cobarde en el siglo que le........© La Patilla
