Omar Estacio: De maquinistas del Tren de Aragua a fogoneros del Ferrocarril de Mar-a-Lago
—¡Qué se besen!/ ¡Qué se abracen!/ ¡Qué se casen!/ ¡Que crezcan y se reproduzcan!…
Las anteriores coplillas fueron coreadas una y otra vez por los burlistas de siempre, que nunca faltan, cuando la presidenta de la transición supuestamente democrática de Venezuela y el jefe supremo del antes vituperado Imperio, se fundieron en un abrazo, el martes pasado, en la sede de la ONU, sita entre las calles 42 y 48 de la Gran Manzana.
Las expresiones de compadrazgo, comandita, de compinchismo, que han trascendido las meras formas de protocolo, son tan frenéticas que han colocado a los susodichos mandatarios, in communitate et in solidaritate, según el Estatuto de Roma. A saber: Compromete su responsabilidad como perpetrador de delitos aberrantes, todo aquel que sea facilitador (…) “cómplice, encubridor o que colabore de algún modo en la comisión o la tentativa de comisión de tales crímenes, incluso, suministrando los medios para su comisión” (Artículo 25.c). Por ejemplo, los cordones umbilicales de los ilícitos, del “Mejor Contrato Petrolero de la Historia”; los delitos de lesa humanidad perpetrados contra los inermes inmigrantes venezolanos, porque no es cualquier cosa disparar a matar, como........
