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Lo que Japón puede enseñar a Venezuela, parte 1: Ingeniería y resiliencia ante desastres, por Jesús Armas

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21.07.2026

Cuentan algunos habitantes de Miyagi que el 11 de marzo de 2011 parecía un día como cualquier otro. Muchos se dirigían a sus actividades normales hasta que, a las 2:46 p.m., algunos escucharon segundos antes una alarma que advertía sobre un sismo. Muchos pudieron resguardarse o correr hacia un espacio abierto seguro. Estaban acostumbrados a movimientos sísmicos, pero esto era diferente. El movimiento duró alrededor de seis minutos, los seis minutos más largos de sus vidas, según cuentan varios sobrevivientes. Era uno de los cuatro o cinco terremotos más potentes registrados en la historia moderna, con una magnitud de 9,0 a 9,1.

Yoichi y Tatsuko, una pareja de esposos en Rikuzentakata, recibieron la noticia de que un tsunami se aproximaba. Tras algunas peripecias, un primer refugio bloqueado por escombros, la visión del edificio negro de un aserradero arrastrado hacia ellos por el agua, lograron llegar al patio de una escuela en terreno alto. Desde ahí vieron cómo el tsunami se tragaba el vecindario entero. Casi tres cuartas partes de Rikuzentakata quedaron devastadas. Los padres de Yoichi fueron arrastrados por la corriente: el cuerpo de su madre fue hallado después, el de su padre nunca se recuperó.

El tsunami golpeó con olas de hasta nueve metros de altura en buena parte de la costa, arrasando vehículos, derrumbando edificios y cortando carreteras. En algunos tramos del litoral, la ola alcanzó los quince metros y penetró hasta cuarenta kilómetros tierra adentro, arrastrando rompeolas y riberas enteras a su paso. Según cifras de la Agencia de Reconstrucción de Japón, el terremoto y el tsunami dejaron cerca de 20.000 muertos, más de 2.500 desaparecidos, y obligaron a evacuar a más de 470.000 personas de sus hogares. La planta nuclear de Fukushima sufrió además un accidente grave, cuyas consecuencias seguían desplazando a decenas de miles de personas más de una década después. Varias capas de desastre al mismo tiempo.

Para Japón no fue fácil responder a la atención de 470.000 personas. En cuestión de semanas se inició la construcción de viviendas temporales. Apenas un mes después de la tragedia, las primeras familias ya se estaban mudando a módulos temporales recién ensamblados en ciudades altamente devastadas como Rikuzentakata. Para finales del mismo 2011, el gobierno y las empresas privadas de prefabricación habían logrado levantar y entregar más de 50.000 unidades, sacando a cientos de miles de personas de los refugios improvisados en escuelas y gimnasios. Las casas eran prefabricadas, tenían un tamaño de alrededor de 30 metros cuadrados y una visión de temporalidad muy corta. Sin embargo, lo temporal fue una trampa: aunque estaban proyectadas para durar un máximo de dos años, mientras se reconstruían las casas originales o se construía vivienda pública definitiva, el proceso duró muchísimo más. Remover los millones de toneladas de escombros y excavar colinas para elevar artificialmente el suelo tomó años. La construcción de los complejos de apartamentos públicos permanentes, alrededor de 30.000 unidades, tuvo una duración de casi una década. No alcanzaron el 100% de finalización sino hasta diciembre de 2020. Muchos ciudadanos estuvieron 5, 7 o 9 años en esas viviendas temporales. Para 2023 todavía había miles de personas........

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