Tabula Rasa: El fin del sismo criminal, por Dayana Cristina Duzoglou
“Nunca, jamás, se dejen vencer por el desaliento.”
San Juan Pablo II
La tierra venezolana rugió como si quisiera terminar de sacudirse la oscuridad de un socialismo hambreador y criminal que ya ocupa el lugar que le corresponde en la infamia de la historia: el de la tiranía más trágica y parasitaria que haya vivido la República. Dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5, separados por apenas 40 segundos, hicieron lo que la naturaleza suele hacer cuando recuerda al ser humano su pequeñez: derrumbar edificios, fracturar carreteras y reducir hogares a montañas de concreto. Bajo esos escombros quedaron sepultados ciudadanos que comenzaban a aferrarse nuevamente a la esperanza de un país libre. Hoy Venezuela llora, y mientras los rescatistas trabajan sin descanso, el mundo libre y solidario —aquel que la cúpula socialista siempre despreció— tiende su mano sin dudarlo.
Las víctimas del desastre natural son lloradas por una nación entera. Pero existe una verdad insoslayable que ningún balance oficial debe omitir: cuando la tierra comenzó a temblar, Venezuela ya era una zona de desastre.
Las ruinas previas al sismo
Los sismólogos estudiarán el inusual doblete sísmico, pero la historia registrará que la naturaleza solo sacudió a un país que ya llevaba 27 años soportando un terremoto político deliberado. Este no fue un desastre natural, sino un cataclismo ideológico provocado por el castrocomunismo, diseñado no........
