Una apuesta por el territorio
La ciudad no es el conjunto de edificios que le dan forma. Es ante todo una compleja construcción social e histórica de relaciones de intercambio y tensión entre el entramado social y el entorno natural. Esta dualidad inseparable hace que el territorio sea la expresión social y construida de nuestra apuesta como sociedad y punto de partida para orientar la metrópoli hacia un equilibrio entre el desarrollo urbano compatible con el ambiente.
Cúcuta demanda con urgencia equilibrar su desarrollo urbanístico. Con unos claros déficit de espacios públicos y zonas verdes por habitante (1,45 m2 por habitante versus 15 m2 por habitante que propone el Decreto 1504/1998) y de vivienda tanto cuantitativos como cualitativos y una movilidad basada en el vehículo particular; requiere un sistema urbano que integre la gestión hídrica, los árboles propios de la región y una revisión de normas para que el suelo urbano cumpla efectivamente con su función social y ecológica porque al fin y al cabo el cambio climático se debe abordar desde el urbanismo y la arquitectura para procurar por entornos construidos más saludables.
Mientras persistan los modelos de ciudad excluyente e insolidaria, las consecuencias serán insostenibles. El ordenamiento territorial vigente permanece a la espera de múltiples reglamentaciones que sirvan de marco regulatorio y den seguridad al desarrollo urbano mientras la ciudad crece desbordada e informalmente sin que lo allí planteado de luces para frenar estas prácticas cuando la máxima expresión de la pobreza es la informalidad, la ilegalidad y la delincuencia que se traslada a entornos periurbanos degradados donde la inequidad es el caldo de cultivo propicio para la violencia y la inseguridad.
Cada ciudad en nuestro país son en realidad 2 ciudades: una donde se concentran la infraestructura y servicios en cumplimiento de las normas y otra ciudad, la que relega a los pobres a condiciones mínimas para sobrevivir y donde no llega la regulación urbanística. En este contexto, hablar de renovación urbana o mejoramiento integral barrial desde lo físico, resulta insuficiente si no se entiende que la formación de la ciudad requiere de intervenciones integrales enfocadas en los problemas económicos y sociales para saldar deudas históricas mediante la provisión de espacios e infraestructura no para un mínimo vital sino para un máximo social y humano.
Ni desarrollo o renovación como tratamientos ofrecen herramientas claras a la presión sobre el suelo que se traduzca en una densificación inteligente en zonas consolidadas con mixtura de usos e infraestructura social y productiva como alternativa al crecimiento desbordado que erosiona la frágil estructura ecológica.
Superar este panorama exige acciones conjuntas desde los diversos niveles territoriales: nación y municipio en articulación con el sector privado y las iniciativas sociales. Porque en el fondo de la planificación territorial que corresponde a gobernantes y sus equipos técnicos debe primar la visión de construir infraestructuras sostenibles y modernas donde la vivienda, los servicios, la educación y el espacio público sean seguros y asequibles a la par de la preservación de la memoria y que la tecnología se ponga al servicio de mejorar la calidad de vida, pero sobre todo en el corazón de cada habitante debe estar la visión de construir un futuro territorial próspero que implica un compromiso de solidaridad, ética, respeto y el optimismo de la voluntad por que los males que nos afligen no se resuelven ignorándolos.
Gracias por valorar La Opinión Digital. Suscríbete y disfruta de todos los contenidos y beneficios en https://bit.ly/SuscripcionesLaOpinion .
