También es nuestro
La demolición del Museo de Semana Santa ha marcado, sin duda ninguna, un hito en la historia reciente de la piedad popular de Zamora, e incluso de la arquitectura y el urbanismo de nuestra ciudad. Anhelado durante largos años, tras la Guerra Civil los deseos de lograr un lugar de custodia para los pasos se hicieron cada vez más firmes, hasta el punto de convertir la construcción de un futuro Museo de Semana Santa en el objetivo prioritario de la Junta de Fomento. En 1948 se dieron los primeros pasos, que lograron su culmen con su inauguración el 9 de septiembre de 1964. 16 años después.
El Museo de Semana Santa se convirtió en cofre y custodia del tesoro más preciado del imaginario popular de esta ciudad. Así lo ponderé en mi investigación sobre los antecedentes, proyecto y realización del Museo de Semana Santa de Zamora, que fue publicada en el Anuario del Instituto de Estudios Zamoranos Florián de Ocampo de 2008. También cuando redacté el informe sobre nuestro museo a petición de la Junta pro Semana Santa para integrarse en la documentación elaborada para la declaración BIC de nuestra Pasión. Pero más allá de todo ello, plenamente objetivable, resultaba una evidencia incontestable por sí misma, precisamente por ser lugar de guarda y cuidado de una parte muy importante de nuestros pasos de Semana Santa, la expresión religiosa y cultural convertida en la niña de los ojos de Zamora. El museo se tornó para propios en lugar donde acudir con veneración y respeto, en orgullo máximo de la patria chica que mostrar a los ajenos y, asimismo, en el elemento más estable y permanente –por prolongarse durante todo el año- de aquello que apenas dura semana y media y que nos pone en el mapa no sólo nacional sino también mundial. Era así, y quizá así seguirá siendo con el nuevo edificio.
Sin embargo, varias décadas después de su inauguración, el deseo de crecer en espacio disponible, la más noble voluntad de mejorar –cuando éramos ricos- o los anhelos quizá de emular a grandes capitales que vieron en la construcción de un edificio icónico la redención de su economía y futuro, probablemente nos nublaron la vista. Y decidimos derribar la que fuera joya de la corona tan largamente anhelada. Careció de protección patrimonial y no pareció importar. Todo parecía quedar justificado. Ahora, con años ya acumulados sin el Museo, ponderamos aún más el servicio que presta este edificio.
Pero, además de cobijar y cuidar los pasos, razón esencial de ser de esta infraestructura, se salvaguardaron en su seno otros bienes patrimoniales de importancia y envergadura, cuanto menos de la misma medida que nuestros grupos escultóricos y enseres, aunque parezcan menores. Sin embargo, pareciera que no los consideramos como tal, o no les prestamos demasiada atención, o interés, o cuidado. Y el tiempo se encarga de llevárselos por delante, por decirlo finamente. Se ha sabido durante estos últimos tiempos de la desaparición de bienes relacionados con nuestra Semana Santa que habían sido depositados en el antiguo colegio del Patronato. Todos ellos también eran (son) patrimonio nuestro. Se han encontrado viejos reposteros tirados en lugares inverosímiles. En otros momentos se ha desconocido el paradero de algunas obras de menor cuantía, maquetas, documentación... Todo ello es también patrimonio nuestro. Patrimonio a conservar con mimo y cuidado. Patrimonio a salvaguardar y a dar a conocer incluso a pesar de estar en manos privadas. No es cualquier cosa, no es algo baladí.
Expongo una anécdota como botón de muestra. Servidor, que fue monaguillo niño y adolescente durante muchos años en su parroquia de San Juan Bautista, tenía entre sus tareas participar con otros compañeros en las procesiones de Semana Santa con sede canónica en este templo y su filial. Así, portábamos los ciriales y la cruz parroquial en las procesiones de La Borriquita, Vera Cruz y la Soledad, además de formar parte del cortejo de cruces parroquiales que entonces abría la procesión del Santo Entierro por razones obvias. Cuando las cámaras de los teléfonos móviles aún no existían, uno de nuestros más grandes fotógrafos artísticos publicó en la década de los 90, y bajo la iniciativa de la Junta pro Semana Santa, uno de los testimonios gráficos más interesantes y curiosos de cuantos se han editado sobre nuestra Semana Santa (salvaguardo su identidad y datos más expresos por deferencia). Como era natural después de varios años en ese servicio, quien escribe aparecía en sus funciones en varias instantáneas del libro, razón por la que me dirigí al fotógrafo para comprarle copias de esas fotos. Me desconcertó su respuesta, al afirmarme que en su momento había regalado los negativos a la institución y que, unos años después, solicitándoles el préstamo para preparar un nuevo trabajo, los negativos se habían despistado, desaparecido, perdido… Ponga el lector el término que le resulte más preciso. Probablemente sin mala fe. Quizá por simple desconsideración de su valor, que aún debía ser más escrupulosa por tratarse de una donación. También esos negativos eran patrimonio nuestro.
La producción archivística relacionada con nuestra Semana Santa es un verdadero tesoro. Cuando consulté la documentación histórica para el trabajo mencionado al principio, quien entonces era el archivero de la Junta Pro afirmaba que un servidor era el primer investigador externo a la institución que accedía a esos fondos, con excepción de la publicación que él mismo y Casquero firmaron sobre el centenario del órgano cofradiero. Una joya acumulada por los años, pero dejada al margen por los investigadores. Ciertamente unos fondos recientes aún, pero que constituyen el acervo de lo que nuestra Semana Santa popular es de hecho, de dónde ha venido y porqué. La custodia del archivo de la Junta Pro Semana Santa en el Museo fue una realidad, y la relevancia de su conjunto alcanza, sin duda alguna, la de cualquier enser o unas andas o incluso un paso. O quizá más. Su cuidado con mimo no es menos urgente, y su consideración patrimonial es innegable.
Como sociedad local estamos llamados a superar visiones de corto recorrido y poner la que se dice nuestra mayor aportación cultural bajo el paraguas de la Cultura. Que, ya saben, es cultivo, y no desafección por lo más nuestro.
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Museo de Semana Santa
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