Domingo de Ramos 2026: El burro, el misil y la bendición del imperio
Miguel de Unamuno, por Pablo García.
Plaza Mayor de Salamanca, atardecer. Se van dorando de sol viejo las piedras de la ciudad. Cuatro fantasmas ilustres conversan como si el tiempo hubiera decidido hacer un alto.
Carmen Martín Gaite: (Sostiene un periódico en las manos) ¿Os habéis fijado? Hoy he estado leyendo el relato del Domingo de Ramos, ese que Gabriel Miró cuenta en Figuras de la Pasión con tanta ternura. Las calles de Jerusalén alfombradas de mantos, los niños corriendo con ramos de olivo, la ciudad entera vibrando como una muchacha enamorada. Y en medio, Jesús, montado en un burro. No un caballo de guerra, no un carro de victoria. Y mientras la multitud grita "¡Hosanna!", él avanza en silencio. Sabe que esos mismos que hoy lo aclaman, el viernes pedirán su sangre. Esa distancia entre el ruido de la plaza y la serenidad del que cabalga... eso es lo que me persigue hoy.
Miguel de Unamuno: (Con los ojos brillantes, como si fuera a comerse las palabras) ¡Qué imagen, Carmen, qué imagen! El burro y la multitud. La gloria efímera y la conciencia trágica. Porque Jesús sabe, y eso es lo que duele, que el triunfo es una mentira compartida. La gente necesita creer, necesita sentirse parte de algo grande. Y él, el único que ve la verdad, avanza en silencio. ¿No es eso la historia de España? ¿No es eso la historia del mundo? Multitudes aclamando caudillos, imperios, y detrás, la sombra de la cruz, la sombra de la injusticia que siempre vuelve. El alma de la multitud es el miedo a estar sola. Por eso aplaude. Por eso mata.
Fray Luis de León: (Con la mirada perdida en el cielo) "Decíamos ayer..." que la verdad nos haría libres. Pero la multitud no quiere verdad, quiere consuelo. Gabriel Miró, en esas páginas tan hermosas, nos muestra a Jesús como un extraño en su propio triunfo. Las palmas, los cantos, los niños... todo es hermoso, sí, pero él está ya en otra parte. Su reinado no es de este mundo, y esa distancia entre lo que la gente ve y lo que él es, atraviesa los siglos. Khalil Gibrán, desde su Líbano querido, lo entendió igual en su libro Jesús, hijo del hombre: el........
