Encontrar grandes cosas: Tratado de laquietud ajena
Nada ni nadie es una llanura desértica. Ni las llanuras desérticas o los grandes vacíos demográficos de la Tierra son llanuras desérticas. Todo tiene su propia y minuciosa anatomía, su propia polifonía del escombro. En realidad, estamos tan solos en el Universo cada uno de nosotros y todos a la vez y todos tan juntos y pegados que lo poco que poseemos es tan valioso como las ‘lágrimas en la lluvia’ del androide de Blade Runner. Por eso, si escarbas en la vida de la gente puedes encontrar grandes y únicas cosas. Puedes incluso llenarte el alma de asombro y de belleza.
Es mejor mirar a las personas en su biotopo de crudeza que mirar las pantallas. Llegar con la mirada a esa arqueología de las almas. Un hombre callado puede estar cruzando cada día su océano interior en una patera y la mujer que te corta jamón en la carnicería puede haber enterrado a media familia y seguir sonriendo. Ver todo eso que existe cuando miramos muy de cerca, esa verdad luminosa a la que casi no prestamos atención y late debajo de la rutina diaria es muy barato, solo necesitamos tiempo y voluntad. Si tuviéramos el permiso de bucear con delicadeza en los estratos de las vidas, tal vez llegaríamos a encontrar inmensas catedrales, llegar hasta la médula de aquellos que nos interesan sin que ello supusiese un acto de intrusión, sino un ejercicio de arqueología humana que exigiese paciencia y, por encima de todo, compasión.
Mirar por ejemplo una a una las pertenencias de un mendigo con la misma actitud con que se mira un pequeño museo etnográfico. Una a una. El peine. El recorte de periódico. La fotografía doblada de alguien que quizás ya........
