Refugios emocionales
Desde hace algún tiempo, como consecuencia de los visibles efectos del cambio climático, hay una palabra que viene repitiéndose en nuestros mediterráneos veranos: refugio. Refugio de la luz que cae a plomo sobre las plazas, del asfalto que devuelve el calor como un espejo, de las noches que ya no refrescan. En muchas ciudades, los museos —como las bibliotecas y otros edificios públicos— han comenzado a formar parte de esta red de refugios climáticos. Abren sus puertas para ofrecer algo tan elemental como un espacio en el que sentarse con algunos grados menos. Es una función nueva solo en apariencia. Probablemente llevaban toda la vida siéndolo, pero no habíamos aprendido a nombrarlos así.
En nuestros viajes y escapadas hemos adoptado también esta forma de amparo ante las inclemencias meteorológicas de cualquier tipo. Y, de repente, sucede algo extraño. La respiración encuentra un ritmo distinto. Los pasos se vuelven más lentos. La voz baja sin que nadie la reclame. El tiempo, que fuera parecía perseguirnos, deja de correr. Como si al atravesar el umbral........
