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Irán: solo los ilusos

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11.03.2026

El presidente estadounidense, Donald Trump (dcha.), junto al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. / EFE/EPA/Jim Lo Scalzo

Solos los ilusos podían pensar hace apenas una semana que el conflicto desatado por Donald Trump y Benjamin Netanyahu contra el régimen teocrático iraní podía ser corto. Hace años que Israel ya no cuenta por días sus victorias militares contra sus vecinos. Desde que en 1982 el estado judío desató una invasión en toda regla de Líbano, con ocupación parcial y cerco de Beirut, las mal llamadas Fuerzas de Defensa Israelí (IDF, por sus siglas en inglés; Tsahal en hebreo) y los gobiernos de Tel Aviv se empantanan una y otra vez en conflictos armados con sus vecinos. Sobre todo cuando persiguen objetivos importantes como, en el caso actual, derrocar el régimen de los ayatolás.

El anterior al actual ejemplo, el Genocidio en Gaza, ha demostrado de nuevo que, a pesar de su tremenda superioridad militar y de estar apoyado sin ambages y siempre por Estados Unidos, Israel viene obteniendo resultados contradictorios. Por un lado, consigue victorias que se podrían calificar de pírricas, aunque, por otro, esos triunfos causen sufrimientos y atrocidades indescriptibles e incalculables a las poblaciones, sobre todo palestinas, a las que el «pueblo elegido» regala su supuesto ejemplo de democracia liberal homologable a las de los países más desarrollados.

Dato revelador, que los historiadores quizá interpreten algún día, es que desde la pérdida de influencia y de gobiernos por parte de la izquierda israelí del partido Mapai (después Laborista) de los pioneros, es decir, desde finales de los 70 del siglo pasado, la derecha gobernante (Likud) apoyada en partidos extremistas religiosos judíos ha provocado daños progresivamente más cruentos cada vez que ha atacado, previa provocación o no, a cualquiera de sus vecinos. Gaza es la prueba.

Está por ver y cuantificar los daños humanos y económicos que causará la actual ofensiva, sin límite aparente, israelo-estadounidense contra el régimen de los ayatolás. En este caso, la presencia de un personaje incontrolable y desleal como Trump, compartiendo prepotencia salvaje, armada y dialéctica, con Netanyahu no ofrece muchas posibilidades a la ocurrencia de daños colaterales moderados: ahí queda el caos ya desatado por su agresión conjunta en los mercados internacionales, financieros y energéticos de momento; pronto, también tecnológicos.

Está meridianamente claro que ambos, como niños irresponsables con un fusil de asalto en la mano, no midieron las consecuencias de su decisión. Como tampoco estimaron correctamente las repercusiones que tendrían en el país atacado, Irán. Esto ya había pasado en otros conflictos de alguna manera similares como la invasión de Afganistán, las dos de Irak e, incluso, mucho antes —en 1980— cuando indujeron al autócrata baasista irakí Sadam Husein a invadir Irán para derrocar la teocracia chií casi recién instaurada.

Actuaron entonces, en todos esos conflictos, como ahora: con una actitud de soberbia autosuficiente que esconde un menosprecio profundo —que la derecha israelí comparte— por «esos países» subdesarrollados con un floclore interesante y muchos hidrocarburos. Es lo que el intelectual palestino Edward Said —Premio Príncipe de Asturias de la Concordia en 2002, junto al músico judío Daniel Baremboin— definió como «Orientalismo», título por cierto de su libro de lectura obligadísima para quien quiera entender mínimamente el postcolonialismo y qué pasa entre el Atlántico y el Índico.

Cegados por su malhadada superioridad militar y la aparejada altanería política, Trump y Netanyahu han conseguido hasta ahora y mantendrán el efecto contrario al buscado. De momento, un reforzamiento de los elementos más fundamentalistas del régimen teocrático, como muestra la designación de Mojtaba Jameneí como Guía Supremo, indudablemente apoyado por los Pasdaran (singular, Pasdar) o Guardianes de la Revolución, la fuerza militar y económica más potente y radical de la República Islámica. Además, han exacerbado el característico nacionalismo iraní, orgulloso atávicamente de su singularidad racial y religiosa chií en un entorno muy mayoritariamente árabe y suní.

Jomeiní aguantó ocho años (1980-1988) la agresión de Sadam Husein apoyada, pertrechada y financiada por Washington, París, Londres y Bonn. Es insensatamente ilusorio pensar que sus sucesores vayan a saltar del barco a las primeras, las segundas o incluso a las terceras de cambio. Por mucho que la disidencia interna y las protestas se disparen.

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