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La Copa del Rey

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25.02.2026

Dylan Ennis se lamenta de una jugada durante su enfrentamiento con el FC Barcelona en la Copa del Rey de Baloncesto / Francisco Calabuig

Aquellos viernes de LEB, imaginárselo era delirio. Aquella tarde de los autobuses a Valladolid, el Día del Estudiante o el de Marco Gaona en Zaragoza. Entonces éramos como los niños que miran la napolitana en el expositor. Somos nuevos en este negocio de la Copa, y disfrutamos más porque no hemos tenido tiempo de aburrirnos. La nuestra empezó en un coche camino a Valencia en el que embarcaban también un hombre que me ha copiado el nombre y Quini García, leyenda del baloncesto regional. Habló Radebaugh después de superar un proceso vírico. Tenía un aspecto de perro apaleado. A un tío tan delgado no le puedes quitar ni medio kilo. Comimos rodeados de paisanos. Paco Bernabé se encargó de hormigonar nuestras tripas con una tortilla hecha en paellera, única sartén capaz de proporcionarle espacio vital a aquella obra de fomento. Partimos al pabellón, donde presenciamos un aburrido Valencia-Joventut y el linchamiento del Real Madrid al Unicaja. Me recogieron mis amigos de Campo de Criptana, Ciudad Real, hijos de Sancho Panza y custodios de sus salidas. A la cabeza del comando, Sergio Olivares, esqueje de viña injertado en la terreta, a quien conocí en Turquía el verano que aprendí a hablar como un manchego.

Se nos unió el también exjugador Edu Sánchez (Cimadevila por parte de madre). Cada quince metros saludaban a un grandullón. No existe un hombre de más de dos metros en este país al que Quini García no le metiese un trompazo en la pista.Esto no es nada: lo verdaderamente sorprendente es que muchos le saluden con cariño. Nos enfrentamos el viernes al algopoderoso FC Barcelona. Los de Vitoria no nos querían ver en semis, pero a Kevin Punter, con su barba de faraón, lo sacaron del ataúd para quitarle al tejón la miel de los labios. Murcia jugó bien, aunque echó en falta el tajo de un cuchillo que se hace más afilado con cada golpe. Vendí las entradas y disfruté de Valencia con arcas saneadas.

Destacaré que me senté con un aficionado del Tenerife, natural de La Gomera, que me demostró su habilidad como silbador y me preguntó si aún existían las confiterías Consuegra. A mi amigo Íñigo, alavés, conseguí que le vendieran la entrada del Baskonia unos paisanos míos más majos que las pesetas. Probé el chivito y comprobé que solo en el Campo de Cartagena se almuerza; del Trasvase para arriba, sardineta.

Amenazamos con volver, con más éxito, porque huele bien el caviar y hace tiempo que dejamos el bocadillo de chóped para ver a Los Barrios. Le escuché decir a Fernando Vera que el equipo que perdió era mejor que el que salió a jugar el partido. El calor hace florecer las fechorías: mejor hablamos en junio.


© La Opinión de Murcia