El día que me disfracé de Jannik Sinner
La delegada pasaba lista, aunque no sé para qué, porque no íbamos a esperar a nadie. Detrás de mí, en el autobús, dos ministros arreglaban el mundo. Llegamos a Benidorm para una excursión de la universidad, a contemplar el desarrollo de los últimos años del blanco y negro. Aproveché para desliarme pronto. Busqué dónde almorzar entre la maleza del english breakfast. Yo ya había quedado con mi tío José Luis, que vive en Benidorm desde que tengo memoria. Era extraño ir a su encuentro como un paluego que vagaba por aquella dentadura apiñada de acero y hormigón.
Este tío mío es el hermano pequeño de mi madre, el hijo pequeño de mi abuela Maruja. El día de mi primera comunión, el libro de firmas se llenaba de dedicatorias tan sentidas como manidas. Esta fue la suya: «Una pregunta: ¿Cómo eres tan crack?». Ese es mi tío José Luis. Venía poco, pero disfrutábamos cada segundo con él, que nos llevaba a todos los sitios a los que no acudíamos de ordinario. Me rescató de aquella Rota británica y me llevó a su casa para disfrazarme de Jannik Sinner y obligarme a jugar al tenis. Cuando rompí el saque y puse el 1-1, pensé que tenía alguna oportunidad. Lo cierto es que no quebré el servicio, sino que el servicio se inmoló. Gracias a aquel juego no me comí un rosco. 6-1 para quedarme rozando la victoria.
Tras la ducha, mi chacho me llevó al hotel que dirige en Villajoyosa, un lugar idílico junto al sol y el mar. Al otro lado de la carretera, dos bares: uno con fotos a todo color y una pinta regular, otro poblado de moteros locales amansados con los años. Este último lo dirige Charo, la mujer de confianza cuando un huésped necesita un buen arroz. A nosotros nos deleitó con uno de verduras tan bueno que se sentía como romper la vigilia en aquel viernes de Cuaresma. Dos limones satisficieron el prurito murciano. Nadie antes había conseguido que comiese coliflor con gusto.
El sol alegraba la mañana burlando a las fastidiosas nubes. En medio del oasis, apareció Cuqui, una ardilla que desciende recurrentemente de la palmera en busca de condumio. A Cuqui le gusta la cascaruja, aunque es de morro fino, porque la croqueta que le dimos no quiso ni probarla. Mi tía Silvia me llevó por la tarde a probar el matcha. Por la noche me dediqué a hacerme amigo del perro Philip, a ver documentales de Historia con mi tío y a escribir esta columna con una ortografía que me va a costar descifrar ante el teclado. El perro ya no me ladra —este sí acepta comida—. Quizá mañana vuelva a perder al tenis.
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