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Burka / Bikini

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22.02.2026

Una mujer se baña con un burkini frente a otra, que lo hace en bikini. / AP

Tengo un amigo que acabó siendo londinense y que le reza a Alá sobre todas las cosas, a pesar de que arribó a la ribera del Támesis porque había gente que decía hablar en nombre de ese mismo Alá y creía que él debía morir. Él, piadoso sin embargo, no se enfada con Alá y le dedica sus rezos mientras busca su senda y protege a los que quiere. Así fue como hablamos de su hermana, la misma que un día decidió, por piedad y compromiso, ponerse el burka con el que pasea por donde la dejan. Fue, según me dijo, una decisión tomada por voluntad propia tras una vida con la cara al aire.

Siempre he creído que una de las señas de la civilización occidental es la individualidad, lo que me hace estar en contra de cualquier cosa que oculte el rostro, a no ser que haya una razón para ello, como conducir una moto, que haga un frío de morirse, asistas a un carnaval, atraques un banco o tengas que resistir una tiranía. Nunca dije que todas fueran buenas, pero suponer que todas son malas tampoco es plan, aunque la línea entre el bien y el mal sea difusa. Por ejemplo, los madrileños de Carlos III pensaban que el chambergo y la capa larga eran la cosa más normal del mundo. El marqués de Esquilache, en cambio, opinaba que el sombrero de tres picos no tapaba la cara y que con menos tela había menos espacio para esconder espadas.

Tres siglos han pasado y aún en cosas de telas andamos. Ahora el motín se traduce en votaciones para desterrar el burka de los edificios públicos pero, como aquel que derribó a Esquilache, es el uso de un descontento general que acusa a un extranjero de modificar unas sacrosantas costumbres que, en realidad, no tenían más de cien años. Hasta hace nada deteníamos a las turistas suecas en bikini. No seré yo quien niegue el burka como instrumento de opresión patriarcal, pero puedo señalar otras piezas de tela que, más pequeñas, también son producto de esa opresión; las vemos más a menudo y no nos escandalizan, quizás porque rezan a un Dios distinto.

Quizás la solución esté en desarrollar una red de apoyo pública para que cualquier mujer, la obligada a vestir un burka o la obligada a vestir una minifalda para atender en un local de alterne, encuentre refugio para comenzar una nueva vida, mientras se educa desde la niñez en una radical igualdad. Así, la que quiera vestir lo que le plazca, podrá hacerlo, y la que no, podrá salir de ello mientras el resto aprendemos a no juzgar lo que una mujer quiera ponerse.

Pero todo eso es ideología de género, adoctrinamiento y paguitas. Así que, como verán, lo de prohibir el burka no va ni de defender a las mujeres, porque niegan otras violencias que se ejerce contra ella, ni a la civilización occidental, que les ha negado a ellos derrotándolos en la última guerra mundial, sino de una sucursal apoyada por señores que salen en los papeles de Epstein y que han dicho, negro sobre blanco, que no les parece nada bien lo que hacemos aquí en Europa y, la verdad, no se si nos interesa esta gente que se da tantos golpes en el pecho y que, en realidad, parece muy bien mandada.

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