Fuga de cerebros
La falta de oportunidades y la fragilidad del mercado laboral han generado, por primera vez en muchos años, la sensación de que la generación actual vive peor que la anterior.
La máxima de que los hijos vivirían mejor que los padres ya no se cumple. A día de hoy miles de jóvenes encadenan trabajos precarios, lo que contrasta con la estabilidad, al menos en parte, que tuvieron las generaciones anteriores.
El miedo a un futuro incierto y poco esperanzador, unido a la falta de oportunidades antes mencionadas, han creado un clima generalizado de frustración que, al final, ha obligado a muchos de nuestros jóvenes a marcharse y buscarse las habichuelas lejos de sus hogares.
En muchas ocasiones, esta marcha no es solo un cambio profesional, sino también una despedida emocional, forzada por la falta de oportunidades reales para desarrollar su potencial en su propia ciudad
El viejo refrán de que nadie es profeta en su tierra es un mal endémico que tenemos como sociedad y que afecta, especialmente, a nuestra región.
Desgraciadamente, todos tenemos familiares y amigos que han tenido que emigrar fuera en busca de un trabajo que esté a la altura de su formación y de sus aspiraciones. Y llegado a este punto, resulta especialmente triste -y también frustrante- para quienes nos quedamos en el andén de la estación, ver cómo, a menudo y por fortuna, nuestros jóvenes triunfan y son reconocidos en puestos que podrían desempeñar perfectamente en su propia tierra.
Esto alimenta un fenómeno que, desgraciadamente, tenemos más que interiorizado y que de alguna manera forma parte de nuestra idiosincrasia: la fuga de cerebros. Una fuga que en muchas ocasiones no viene determinada por la falta de oferta de puestos de trabajo en nuestra región sino por las propias reglas del juego que gobiernan la partida y que, por desgracia, suelen esquivar y huir de la meritocracia basándose en una red silenciosa de favores que solo premia a los pelotas.
Desafortunadamente, no nos queda otra que resignarnos y aceptar la triste realidad de que, por ahora, el viaje emprendido solo tiene billete de ida.
La formación ofrecida por nuestras universidades es excelente y el talento existe, vaya si existe. Y si no que se lo pregunten a nuestras chicas de 'Sorda' que mañana sábado se van a traer una buena capaza repeleta de Goyas.
Aprendamos, pues, a valorar lo nuestro y a reconocer el talento que nace aquí, en Murcia. Si no lo hacemos, serán otros quienes lo disfruten y recojan los frutos que, con tanto esfuerzo, hemos sembrado en nuestra huerta. Que no se nos demande más en el futuro y acabemos, de una vez, con este estigma: la sensación triste y amarga de haber dejado escapar lo que era nuestro.
Démosle la vuelta a esta paradoja y trabajemos para que regresen a casa. Se lo merecen… y ¿por qué no? también nosotros.
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