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La maldición de los ídolos

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29.05.2026

El Congreso de los Diputados. / José Luis Roca

Todavía no he conocido a nadie que sea coherente. ¿Será mala suerte? ¿Será la maldición de los ‘ídolos’ con los que describe nuestra condición humana el filósofo británico, con nombre de esa panceta que casa bien con los dátiles o se sirve habitualmente en muchos desayunos contundentes, Sir Francis Bacon? Es más, ¿sirve de algo ser coherente? Esto es algo que suele sacudir las conciencias de los adictos a la lógica filosófica y que amenaza el imperio saludable de la tecnociencia en este valle de lágrimas donde la verdad se ha ido de vacaciones a algún resort ya existente o diseñado por Trump o alguno de sus asesores en Oriente Medio o en el Caribe para poner punto y final a los conflictos bélicos en tierra de muchos y de nadie. Sin planeta no hay croquetas y sin coherencia racional no hay verdad. El creyente puede aspirar a ser coherente, a efectos prácticos, con un sistema de creencias, especialmente en los espectáculos de masas. Por ejemplo, cuando se adentra en la maraña de los rituales religiosos, vocifera en un estadio deportivo con miles de gargantas profundas o se manifiesta públicamente para defender actuaciones guiadas por la moralidad o censurar la de otros con notable agilidad.

Inteligencia artificial

Además, lo que podemos salvar los humanos de nuestra condición, al menos temporalmente, en relación con la inteligencia artificial o como la quieran ustedes llamar, no es otra cosa que nuestra capacidad para buscar y ofrecer buenas explicaciones de los fenómenos y, en ocasiones, su adecuado ensamblaje conceptual dentro de teorías que alardean de un éxito provisional, es decir, que se sostienen con cierto grado de probabilidad. Los especialistas confirman que, en cuestión de predicciones rápidas y rigurosas, las máquinas siempre nos llevarán la delantera y nos dejarán en taparrabos, con perdón.

¿Qué valor pueden tener, en este contexto, las ‘explicaciones psicológicas’? Al médico, filósofo y fisiólogo alemán Wilhelm Maximilian Wundt se le atribuye el mérito de haber creado el primer laboratorio de psicología experimental en 1879, en la ciudad de Leipzig y parece que aquí comenzó una ‘loca’ aventura por desentrañar los entresijos y vericuetos de la ‘conciencia’, ese constructo conceptual del que bebieron de modo compulsivo filósofos idealistas del romanticismo decimonónico como Fichte, Schelling o Hegel, tocados por la obsesión por lograr una autoconciencia fetén y decretar, de una vez por todas, que todo lo real es racional y que todo lo racional es real. Sin duda, eran otros tiempos, tiempos optimistas y, quizá, algo ingenuos. Fíjense, por ejemplo, que el padre del enemigo ideológico, el Positivismo de Comte, MIll y Spencer, defendió una ley histórica en la que........

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