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El regalo de los años

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21.03.2026

Dos personas mayores pasean de la mano. / EFE

Envejecer de forma saludable es una ciencia y un arte. Durante la primera parte de la vida nos preparamos para la vida adulta. Estudiamos para tener un trabajo, nos formamos para ocupar un puesto en la sociedad, nos relacionamos para formar una familia… Pero, al llegar a la adultez, no hacemos nada para que la tercera etapa de la vida sea hermosa y saludable. La vejez se nos va echando encima paso a paso, aunque a veces tengamos la sensación de que hemos llegado a ella de forma abrupta. En los últimos cien años hemos duplicado la esperanza vida. Cuando yo era niño, hablar de una persona de sesenta años suponía referirse a un anciano en fase terminal. Hoy, una persona de 60 años, está en la flor de la vida.

Luis Rojas Marcos, psiquiatra sevillano afincado hace muchos años en Nueva York, acaba de publicar en este 2026 un estupendo libro sobre las claves para envejecer felices. Me ha gustado el título: ‘El regalo de los años’. Me ha gustado el contenido. Se trata de un libro que invita a celebrar la vejez con una mezcla de gratitud y regocijo

Existen pocas cuestiones de mayor interés que la reflexión sobre la felicidad. No hay señal más clara de inteligencia que desarrollar la capacidad de ser felices y de ser buenas personas. Unos, a medida que van acumulando años, se van haciendo más humildes, más sabios, más comprometidos, más optimistas y, en definitiva, más felices. Otros, por el contrario, se van haciendo más soberbios, más torpes, más pasotas, más pesimistas y, en definitiva, más desgraciados. Pues bien, esto que traemos entre manos los seres humanos no es un ensayo general, esto es la vida. Y la vida es una obra de teatro que no admite ensayos.

He visto a profesores que se han ido acercando a la jubilación lamentando, como hacía el filósofo Emilio Lledó, que llegase el momento de dejar atrás «una fuente inagotable de felicidad y de vida». He visto otros que, con situación muy similar, iban tachando con alegría en su agenda los días que faltaban para acabar con una desgracia. Y, ¿de qué depende esta sustancial diferencia? Pues no de lo que pasa sino de cómo cada uno afronta eso que pasa.

Ya sé que estamos viviendo una época en la que las personas mayores no son tratadas con la necesaria consideración: ya no son productivas, no pueden seguir el ritmo trepidante de la juventud, han quedado desfasadas en el uso de la tecnología, padecen algunos problemas de salud, son una carga para las familias… Ya sé que la juventud se ha convertido en la etapa admirada y venerada por la sociedad. El dinamismo, la salud exuberante, la belleza, la fuerza, el ritmo, el propósito, la energía son objeto de admiración.

Con su conocido estilo sencillo y ameno, el renombrado psiquiatra nos expone en su libro ideas y nos hace propuestas cargadas de sensatez y, a la vez, de rigor. Escribe sin engolamiento y sin afectación. No trata de mostrar cuánto sabe sino de hacer inteligible lo que sabe. No pretende lucirse sino iluminar el camino de los lectores y lectoras.

Me hubiera gustado que el libro no fuese solo un vademécum para caminar por esta etapa de la vida sino una interpelación a los políticos, a las familias y a la sociedad para que las personas mayores fuesen tratadas de una forma más respetuosa y más considerada. Para que todos tuviesen en cuenta que arrinconar a las personas mayores no solamente es una falta de respeto sino un perjuicio para la sociedad. Cuando se arrincona a los ancianos se pierde una fuente caudalosa de experiencia y de sabiduría.

Voy a plantear de forma sucinta algunas sugerencias, entre muchas otras posibles, para tener una vejez gratificante. La primera exigencia, desde luego, es que hay que estar vivos. Conozco personas que viven con angustia y malestar el día de su cumpleaños. Es una torpeza no celebrar con satisfacción el día en que cumplimos años porque la alternativa sería horrible.

Entrenar las capacidades cognitivas. Prevenir o retrasar el deterioro de las facultades cognitivas requiere estimular los circuitos neuronales encargados de aprender, de memorizar, de prestar atención, de leer, de captar y estructurar información. Hay muchas actividades que se pueden practicar individualmente y otras que se pueden realizar en grupos.

Es bueno participar en redes sociales que ayuden a mantener una actividad estimulante. Hay quien disfruta jugando a las cartas, tocando un instrumento musical, resolviendo crucigramas, jeroglíficos o sudokus, aprendiendo un idioma, haciendo viajes interesantes, formando parte de grupos de lectura, aprendiendo nuevos bailes, practicando el walking football, montando en bicicleta, escribiendo sobre temas de actualidad…

Las aptitudes cognitivas que más se benefician de un entrenamiento regular se pueden ordenar en cuatro grupos: 1) habilidad para prestar atención y percibir estímulos a través de los cinco sentidos; 2) la capacidad de la memoria para grabar, almacenar y recuperar información; 3) la facultad para concentrarnos, analizar y razonar a la hora de resolver problemas; y 4) el uso efectivo del lenguaje para identificar, describir y comunicar experiencias, deseos, sentimientos y saberes.

Cuidar la autoestima. A la hora de adivinar si una persona se siente satisfecha con su vida, la mejor pista para acertar es saber en qué medida goza de una autoestima saludable. Ha existido un largo tiempo para fraguarla cuando se llega a la vejez, pero la autoestima no es una valoración del yo estática sino que sufre altibajos

Estoy terminando de escribir un libro titulado ‘El efecto Gólem. Las profecías de autocumplimiento’. Dedico la primera parte a reflexionar sobre la autoestima. Hablo allí de su extraordinaria importancia y de las formas de formarla y de afianzarla. La autoestima tiene una parte cognitiva que se cimenta en aquello que pensamos de nosotros mismos y una parte afectiva que es el resultado de cómo nos sentimos. La dedicatoria del libro dice así: A mi hija Carla que, siendo pequeña, me definió, sin ella saberlo, el concepto de autoestima: papá, es que yo soy fan de mí misma.

Somos los arquitectos de nuestra autoestima. Utilizamos para construirla lo que pensamos sobre nuestras capacidades, nuestras fortalezas, nuestras actitudes ante las dificultades que hemos tenido que superar a lo largo de la vida. También utilizamos materiales que nos aportan las opiniones y valoraciones que los demás hacen de nosotros.

Nadie puede ser feliz con la autoestima destruida. Es fundamental que nos sintamos bien con nosotros mismos. Decía Williams James: «Qué bien nos sentimos el día que dejamos de aspirar a ser siempre jóvenes». La autoestima positiva se basa en el conocimiento de las capacidades y de las limitaciones. Ese hecho marca nuestras expectativas y nuestras aspiraciones. Decía el pensador Reinhold Niebuhr que la buena autoestima nos permite aceptar con serenidad las cosas que no podemos cambiar, nos infunde el valor para cambiar las que podemos cambiar y nos inspira la sabiduría para distinguir las unas de las otras.

Conectar, compartir, solidarizar. Las relaciones satisfactorias con familiares, amigos y compañeros son una fuente de calidad de la vida. Dice Rojas Marcos que «las personas que mantienen relaciones gratificantes viven más años que las que no, independientemente de su estado de salud inicial. La magnitud de este efecto positivo en la esperanza de vida es comparable a la de dejar de fumar, atajar la obesidad o la inactividad física».

La amistad es una de las columnas que sostienen el mundo. Del mundo en su conjunto y de nuestro mundo particular. Qué estupenda esta etapa de la vida en la que, desembarazados ya del ajetreo laboral, disponemos de tiempo para cultivar la amistad.

Qué decir de la importancia de la relación con los nietos y las nietas en esta etapa de la vida. No sé dónde leí que el mundo sería mejor si antes de ser padres pudiéramos ser abuelos. La Editorial Graó publicó hace años un libro sobre la abuelidad. Eran dieciséis relatos de abuelos y abuelas docentes sobre su experiencia de abuelos. Y le dio al libro un título magnífico que revela l complicidad nietos/abuelos: ‘No se lo digas a mamá’.

Qué estupenda iniciativa la de dedicar en esa etapa unas horas al voluntariado. Año tras año veo la alegría de personas mayores que se reúnen en algún lugar de Asturias para celebrar una jornada de convivencia en la que les puedo dirigir unas palabras. Cuánta emoción cuando comparten sus generosas experiencias. No se me olvidará la alegría de uno de los veteranos voluntarios que atendía cada día un paso de peatones para garantizar la seguridad de los niños y niñas cuando entraban y salían del colegio y un niño le preguntó: ¿Y usted no querría ser mi abuelo?

¡Qué importante es disfrutar de los años postreros de la vida! Ojalá apliquemos a ese empeño toda la sabiduría almacenada en nuestra trayectoria vital.

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