El valor de la gente buena
Vecinos de Adamuz transportando un colchón y tras la enésima demostración de solidaridad ante una tragedia. / Jorge Zapata (EFE)
Hay épocas históricas en las que el mundo pierde el sentido de la escala. Vivimos enfundados en un ecosistema de debates pueriles, trifulcas de tertulia, hashtags y banderas instantáneas. Todo parece importante hasta que algo verdaderamente importante sucede. Y entonces el castillo de espuma que hemos levantado entre todos se derrumba con la facilidad con la que se sopla una vela.
La tragedia ferroviaria acontecida en Andalucía hace unos días nos devolvió, sin pedir permiso, a esa verdad elemental que evitamos a toda costa: para morirse solo hace falta estar vivo. Y aunque la frase suene pesimista o trillada, en realidad es lo contrario. Es una sacudida. Un recordatorio de que la vida no está garantizada. Que cada rutina es un privilegio y que lo cotidiano tiene fecha de caducidad. Nos resistimos a aceptarlo porque el sistema -ese entramado amable, anestesiante y paternalista- nos tiene mansos y edulcorados, convencidos de que lo normal es lo seguro, lo permanente y lo previsible. Y no lo es. Para nada.
Cuando un tren descarrila, cuando el estruendo rompe la planificación milimétrica del día, aflora lo que verdaderamente importa. Y lo que importa no son ni las broncas parlamentarias, ni las campañas publicitarias con influencers, ni las batallas culturales de salón, ni el folclore vacío que tanto entretiene a cierta política madrileña empeñada en convertir la nación en un escenario........
