El acto político de nombrar el mal
Burbuja inmobiliaria. / Álex Zea
Si nadie le dice a la gente turbia que lo que hace está mal, la gente turbia acabará pensando que lo que hace es normal. A esto lo llamó Hannah Arendt la banalidad del mal: la idea incómoda de que muchas atrocidades no las cometen monstruos, sino personas corrientes rodeadas de otras que miran, callan y, en ocasiones, incluso celebran. No hace falta irse muy lejos para entenderlo. Ocurre cuando ciertos espacios de poder convierten lo inaceptable en rutina. O cuando alguien justifica lo injustificable porque «siempre se ha hecho así». O cuando lo que debería escandalizarnos se convierte en entretenimiento o en ruido de fondo. La banalidad del mal no grita. Es tibia. Y por eso es más peligrosa.
Me dicen que no me preocupe por lo que no puedo controlar. Y lo entiendo. Pero también sé que hay quienes sí pueden controlar esas mismas cosas: quienes tienen poder, dinero e influencia. Si yo dejo de pensar en ello, no desaparece. Solo dejo el espacio libre para que otro me diga cómo debo pensar y actuar. Hemos aprendido a aceptar lo que no es aceptable. Los precios de la vivienda. La desigualdad........
