Contundente
Hubo un tiempo en que la contundencia era una cualidad del carácter, una consecuencia. Algo era contundente porque los hechos lo eran, una prueba resultaba irrebatible, una decisión alteraba la realidad o porque una verdad poseía la incómoda solidez de lo evidente.
Hoy ocurre exactamente lo contrario: primero llega la contundencia y, si hay suerte, quizá después aparezcan los hechos. Como si el tono bastara para absolver la insuficiencia.
Estamos ante una estrategia de comunicación que funciona como anestesia lingüística. Es el momento en que el lenguaje deja de servir para describir la realidad y empieza a utilizarse para insensibilizarla. El lenguaje no engaña. Cuando la realidad se debilita, la retórica engorda.
Orwell escribió que el lenguaje político está diseñado "para hacer que las mentiras suenen veraces". La contundencia actual añade algo más: hacer que la impotencia parezca autoridad.
La contundencia se ha convertido en la homeopatía del poder: cuanto menos efecto produce, mayor es la dosis verbal.
Se trata de un fenómeno retórico ya habitual: la contundencia convertida en coartada moral. Ya no importa........
