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Drogas: tocar allá donde más duele, educando...

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01.04.2026

Tengan ustedes un muy buen día, amigos y amigas. Nuevo artículo, estrenando un luminoso mes de abril que contrasta fuertemente con los largos períodos de lluvias de este pasado invierno. Semana Santa en su más pleno significado, para una parte de la población, y días de solaz, descanso y sosiego para otra. O inicio de la temporada alta de trabajo y dedicación, en el caso de las no pocas personas que se dedican al mundo de la hostelería y el turismo. Ya ven, chorros de diversidad que hacen de la nuestra una sociedad, por poliédrica, mucho más solvente, rica y vivible. ¡Alegrémonos de ello, y no cejemos en el empeño de proteger dicho pluralismo!

Metidos ya en la cuestión, les cuento que leo estos días en la prensa sobre diferentes operaciones policiales y judiciales que han culminado con la detención de personas presuntamente vinculadas al tráfico de drogas, o incluso con el desmantelamiento completo de alguna de sus sofisticadas tramas. Un éxito para el Estado de Derecho, habida cuenta del carácter ilícito de dicha actividad y de las terribles consecuencias de su consumo para las personas. ¡Fantástico!, pero… ¿son tales acciones las que, a la larga, producen un mayor retroceso de la presencia de las drogas en nuestra sociedad? Ojalá fuese así, pero creo que el foco principal de esta lucha está en otro plano bien diferente…

Y es que, miren, es un hecho que por cada narcosubmarino o barco cargado de droga que se intercepta, llegan muchos otros. Se hacen cosas, sí, y hay un trabajo minucioso detrás de cada operación, pero… ¿y qué me dicen ustedes de la demanda? Soy de los que piensan que el objetivo más crucial para reducir el índice de prevalencia de la droga en nuestra sociedad tiene que ver con que ese parámetro, el de la demanda, sea cada vez más bajo. Si no hay querencia por las sustancias ilegales que son objeto de transacción por parte de la delincuencia organizada, esta directamente languidecería… ¿Y cómo se hace eso? Pues desde la educación, queridos y queridas, en todas sus vertientes. Desde la educación formal y la no formal, desde las escuelas hasta las familias, desde un ejemplo valiente y sin ambages por parte de las personas adultas hasta mediante el apoyo de prescriptores sociales claros, de esos que tienen un «punch» potente con los más jóvenes… Y es que es a los niños, a las niñas y a los jóvenes a los que ha de ir dirigido un chorro de información veraz, fiable, contrastada, científica y clara sobre el desastre personal y colectivo que supondría la droga en sus vidas, por encima de cualquier otra consideración. Y así, ganando cada batalla paso a paso y poco a poco, de forma personalizada y sin ruido, picando piedra cada día, es como se puede reducir la demanda… Lo que, repito, para mí es mucho más importante e interesante que atacar a la oferta, por bueno que esto también resulte.

Alguien me dirá que lo que les digo ya se hace… Pero no… Se improvisa, se organizan charlas repetitivas y muchas veces poco centradas en lo más importante, se conecta poco con un espíritu adolescente al que no se le convence de nada en una hora y no se le da toda la importancia que debiera a esta tarea. O, lo que es mucho peor aún, se le sigue mandando un mensaje al menos contradictorio a la juventud por parte de una sociedad poco contundente en ejemplificar los riesgos y los problemas asociados a la droga. Pero no nos extrañemos, porque lo mismo sucede claramente con el alcohol, el tabaco o el juego. Con ellos se hace una cierta labor casi cosmética en contra para, luego, caer en aún cierta laxitud en cuanto a la norma, con el consiguiente desaguisado para quien aún no es maduro para comprender en toda su extensión las consecuencias desastrosas de tontear con fuego… Creo que hace falta más.

Con las drogas, uno no es más guapo, más sexy, más atractivo, más fresco, más simpático o más divertido. Las drogas actúan como sustitutos de determinados neurotransmisores, provocando en un principio sensaciones que algunos pueden confundir con lo anterior. Pero, como sustancias ajenas al cuerpo, han de ser repuestas desde fuera cada vez en mayor cantidad, pagando a quien se lucra con ello, con terribles efectos secundarios en el organismo. Deberíamos hablar mucho más de ello, sin ambages y con el ánimo de crear mucha más conciencia individual y colectiva…


© La Opinión A Coruña