Calidad más allá de los números…
Les deseo muy buenos días desde estas letras, en esta nueva y primaveral edición del periódico. Espero que estén ustedes bien y que les vaya al menos lo mejor posible… Déjenme que ataque directamente, sin mayor dilación, y que hoy les proponga una reflexión sobre el sistema que, de una forma más o menos explícita, es tomado en estos tiempos como prueba de pertinencia, legitimidad, calidad y autoridad en ese mundo virtual que parece que ha venido para quedarse, y que hace de las redes sociales su ecosistema. Una realidad donde las cifras, los guarismos, el número bruto de seguidores, de «me gusta» o de comentarios parece ser el marchamo de calidad que autorizase o desautorizase las tesis de tales contenidos… ¿Les parece a ustedes bien esto, o no? Pues si les interesa el asunto, pasen y vean, porque ese es hoy el objeto de discusión aquí… Aunque les adelanto que el mero conteo de quién sigue a quién, desde mi punto de vista, deja mucho que desear para emitir cualquier diagnóstico sobre tal contenido...
Y es que creo que está pendiente una revisión sobre esa cuestión… Quizá una vuelta de tuerca que permita articular parámetros mucho más realistas para auditar aspectos de calidad, más allá del número de revisiones, visionados o gestos de aprobación que suscite cada pieza ante su clac. Me parece que, con ello, saldríamos ganando… Porque… ¿son conscientes ustedes de que el hecho de que muchas personas apoyen algo, lo piensen o lo practiquen no hace de tal cosa necesariamente una verdad? Ejemplos hay muchos, algunos incluso creados a propósito con cierta «retranca» y con ánimo de demostrar la nulidad de tal sistema de medida basado en la cantidad de seguidores de cada cual… Que muchos nos cuenten que La Tierra es plana o que pueden leer el destino de la persona a partir de los posos del café, las cartas del tarot o cualquier ocurrencia similar más o menos asentada en el pensamiento colectivo, no le da un mayor nivel de veracidad a sus tesis, por mucho que quienes los siguen sean legión…
No sé si concuerdan ustedes con lo que digo. Sin embargo, la carta de presentación de cada vez más invitados a foros como determinados programas de televisión, o incluso el currículo de quienes son contratados para construirlos y presentarlos tiene que ver con el tamaño de la nómina de sus seguidores. Se les presenta indicando rápidamente, detrás del nombre, los cientos de miles o millones de personas que ven regularmente sus contenidos en diferentes redes, y eso parece crear cierta coraza de respeto o de erudición. Pero esto no puede ser una relación causa consecuencia, aunque la implicación contraria nos puede parecer que tenga cierta lógica… Y es que el hecho de que alguien sea un erudito en una determinada materia debería implicar, por lo menos, un cierto nivel de interés en lo que dice... Pero el hecho de que alguien disfrute de un altísimo nivel de seguimiento en sus opiniones no implica tal erudición ni mucho menos, bajo ningún concepto. Puede ser que sí, pero no es ni automático ni evidente. Y mucho más en los tiempos que corren, donde la juventud, la belleza, el tipo de lenguaje, el atrevimiento, determinados tics disruptivos, el atractivo en el sentido más amplio o cualquier otra habilidad o foco de interés bien diferente a lo que se dirime es, a menudo, lo que marca la diferencia…
En fin… Todo lo anterior dicho, por supuesto, sin el ánimo de menoscabar el trabajo ilusionado de nadie. Pero, ya saben, «al César lo que es del César…», con lo que para hablar con autoridad de Bioquímica, por ejemplo, no vale con ejecutar un fantástico bailecito… De lo que se trata es de otra cosa… De saber de lo que se habla y de construir un discurso real y pertinente, más allá del envoltorio y los fuegos de artificio…
