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Antonio Platas: el abogado que llegó a caballo

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01.04.2026

Antonio Platas. / Fran Martínez

Hay vidas que, contadas por uno mismo, ya son literatura. Antonio Platas Tasende tuvo esa rara virtud: la de saber exactamente quién era y de dónde venía, y no tener ningún interés en disimularlo.

Vino al mundo en Santiago de Compostela en 1939, pero siempre dijo que era de Baio, y en eso también había una declaración de principios. Comenzó su andadura profesional recorriendo las ferias de la comarca con una máquina de escribir bajo el brazo, un cartelito casero —Platas Tasende, abogado en busca de nuevos clientes— y, cuando hacía falta, a lomos del caballo que su madre usaba para atender partos. Que en los montes hubiera lobos no le detuvo: viajaba con pistola autorizada y un mechero de chisco. Pocos abogados pueden decir que comenzaron así su carrera. Ninguno, probablemente, lo contaría con tanto desparpajo y tan poca afectación.

Porque Antonio tenía eso: la capacidad de narrar su propia épica sin creérsela demasiado. Pasó nueve años sin vacaciones, gastó un sillón de cuero de tanto estudiar para ponerse al día, y se convirtió, según sus propias palabras, en el mejor estudiante del mundo. Lo decía con humor, claro. Pero era verdad. Con el tiempo, aquel abogado de “feria” se convirtió en referencia de la abogacía gallega y española. Fue decano de este Colegio, presidente del Consello da Avogacía Galega, académico de número de la Academia Gallega de Jurisprudencia y Legislación, y adjunto a la Presidencia del Consejo General de la Abogacía Española. Llevó casos de enorme envergadura económica. Formó a generaciones de letrados, primero desde la Universidad y la Escuela de Práctica Jurídica —etapa que él mismo calificó como la más feliz de su vida— y luego desde el ejemplo diario de una profesión ejercida con rigor, generosidad y una humanidad que no daba por sentada.

Luchó contra las Tasas Judiciales cuando era incómodo hacerlo, fue voz pionera en Galicia de una causa que luego recorrería toda España, y recibió la Cruz de San Raimundo de Peñafort, la Insignia de Oro de los Juristas Gallegos, la Medalla de Oro da Irmandade Xurídica y la Medalla al Mérito de este Colegio. Honores que, como todo lo demás, llevó con la misma naturalidad con que ponía un cartelito en una mesa de feria. Sus cuatro hijos estudiaron Derecho. Eso también dice mucho de una persona.

Desde el Colegio de Abogados de A Coruña, solo podemos repetir lo que ya dijimos cuando quisimos reconocerle en vida: gracias, Antonio. Por todo lo que enseñaste, por todo lo que defendiste, y por la manera en que lo contaste: con una honestidad sin adornos y una sonrisa que dejaba claro que el Derecho, bien ejercido, también puede ser un oficio alegre.

Descansa en paz. El caballo ya puede descansar también.

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