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Opositar a partir de los 50, el nuevo plan vital que pasa por hincar los codos

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03.04.2026

Opositar a partir de los 50, el nuevo plan vital que pasa por hincar los codos

Cada vez más profesionales en la recta final de su carrera buscan en el empleo público la seguridad que el sector privado ya no garantiza; garantizarse la jubilación es la principal motivación dentro del grupo senior

Opositar a partir de los 50, el nuevo plan vital que pasa por hincar los codos / LNE

La tendencia en el perfil de los opositores en España está experimentando una transformación significativa. El porcentaje de personas mayores de 50 años que se presentan a procesos selectivos para el empleo público se ha multiplicado por cuatro desde la pandemia, pasando del 5% en 2019 al 19% en 2025, según el I Observatorio del Opositor elaborado por OpositaTest.

El informe muestra que el interés por opositar sigue siendo mayoritario entre los jóvenes: el 56% de quienes se plantean preparar una oposición tiene entre 18 y 34 años. Dentro de este grupo, los aspirantes de entre 18 y 24 años representan el 29%, seguidos por los de 25 a 34 años (27%). A continuación se sitúan los opositores de entre 35 y 44 años (25%) y, por último, el grupo de 45 a 55 años (19%). Sin embargo, el crecimiento más llamativo se produce entre los mayores de 50 años, donde el 77% da el paso de opositar para "asegurarse la jubilación".

Ese fue el caso del asturiano Jaime Díaz, que, pasados los 50, decidió preparar una oposición para profesor de Secundaria. "Lo que me empujó a hacerlo fue la estabilidad que te proporciona el funcionariado", explica Díaz, que hasta entonces trabajaba en la administración de una empresa. "Siempre tuve vocación de profesor, pero nunca me había planteado opositar, fui autónomo, después trabajador por cuenta ajena y cuando me di cuenta ya había cumplido los 50, ahí preparé la oposición", añade.

Las diferencias generacionales en las motivaciones son evidentes. Mientras los más jóvenes priorizan el acceso a la vivienda o la posibilidad de formar una familia, los mayores de 50 años tienen otras preocupaciones más marcadas. Hasta un 31% sitúa como prioridad asegurarse la jubilación, muy por encima de otros grupos de edad. También adquieren relevancia factores como la estabilidad geográfica y la conciliación.

En el caso de Díaz, la oposición no solo supuso un cambio laboral, sino también la apertura de una nueva etapa vital. "Yo empecé a dar clase como interino a una edad en la que muchos profesores están rozando la jubilación, pero a mí me abre esa nueva puerta", comenta. Actualmente imparte Historia en un instituto asturiano, una disciplina por la que siempre mostró interés. Su experiencia previa también influye en su visión del empleo público: "Yo fui autónomo, y la realidad es que no tenemos ninguna garantía jurídica, es muy difícil salir adelante y la oposición te proporciona esa seguridad, más aún en la recta final de la vida laboral".

Este cambio de tendencia refleja una realidad laboral distinta: trayectorias más largas, a menudo inestables o con interrupciones, que llevan a muchos profesionales a replantearse su futuro. En este contexto, el empleo público se percibe como una red de seguridad frente a la incertidumbre del sector privado.

Pese a las diferencias generacionales, existe un punto en común entre todos los opositores: la búsqueda de estabilidad. El 80% señala este factor como su principal motivación. En el caso de los mayores de 50 años, esta estabilidad adquiere un significado más concreto: garantizar ingresos y condiciones dignas de cara a la jubilación.

No todos los itinerarios son iguales. Maite Alonso rompió con su anterior vida profesional a los 51 años. Se dedicaba al mundo del marketing y la innovación. "Siempre me gustó la enseñanza, pero cuando acabé mi licenciatura en Biología no me planteé estudiar una oposición por el ‘miedo’ a que fuese muy difícil", explica.

Durante años, compaginó su trabajo con la impartición de clases en cursos de formación para el empleo por las tardes, una actividad que reforzó su vocación docente, pero que no le ofrecía estabilidad. "Llegó un momento en el que me di cuenta de que los cursos no era algo estable y que tenía que buscar una forma de poder dedicarme a la enseñanza", asegura. En su caso, la motivación principal fue encontrar una salida profesional coherente con sus intereses. "Nunca es tarde, y fue una gran decisión", afirma.

El informe también detalla cómo evolucionan las motivaciones según la edad. Los menores de 25 años vinculan opositar con la posibilidad de formar una familia o acceder a una vivienda. Entre los 36 y los 50 años gana peso la conciliación, mientras que a partir de los 50 el foco se desplaza hacia la estabilidad definitiva y la planificación de la jubilación.

Uno de los principales temores entre quienes deciden opositar en edades más avanzadas es la capacidad de retomar el estudio. Sin embargo, la experiencia demuestra que este obstáculo puede superarse. "Con 20 años no retienes igual que con 50, y eso puede parecer un handicap pero la experiencia y la edad también son un grado", matiza Díaz.

Alonso coincide en esa idea y subraya la importancia del apoyo recibido durante el proceso. "Me ayudaron muchísimo y me dieron tranquilidad y el empuje que necesitaba", recuerda sobre su paso por una academia. Ambos destacan que opositar en esta etapa implica una decisión plenamente consciente. "No te dejas llevar, sabes lo que quieres y el recorrido laboral que llevas a la espalda te ayuda a ser constante y focalizarte en tu futuro más inmediato", explica Díaz.

"Llega un momento en el que dices: ‘Es ahora o nunca’ y te lanzas", señala Alonso. En su caso, lo define como "la mejor decisión de su vida". "Da igual la edad que tengas, con una buena hoja de ruta puedes conseguirlo y las oportunidades que te brinda son infinitas, no solo en cuanto a la tranquilidad de tener un trabajo fijo, sino en el aprendizaje que consigues desde dentro del sistema", concluye.

Cambio en los modelos de trabajo

El profesor de sociología del trabajo de la Universidad de Oviedo David Luque sitúa este fenómeno en una transformación mucho más profunda del mercado laboral. "La pregunta de fondo es qué ha sido del trabajo como institución social en las últimas décadas", explica. Para entenderlo, señala, hay que mirar atrás, a un modelo que hoy prácticamente ha desaparecido: el empleo estable que se consolidó en Europa occidental tras la Segunda Guerra Mundial, basado en contratos indefinidos, trayectorias largas y derechos sociales garantizados.

Ese esquema (que durante años permitió a varias generaciones construir proyectos de vida previsibles) ha sido, según Luque, "desmantelado progresivamente" desde los años setenta. En su lugar, ha emergido un nuevo patrón en el que la inseguridad y la inestabilidad ya no son excepciones, sino la norma. "Lo que antes era la periferia del mercado laboral se ha convertido en su centro", resume.

En este contexto, el auge de opositores mayores de 50 años no es una anomalía, sino una consecuencia lógica. Muchos de estos trabajadores han desarrollado su carrera en ese mercado cambiante, encadenando empleos, adaptándose a nuevas exigencias o incluso sufriendo periodos de incertidumbre. La oposición aparece así como una forma de corregir, en la recta final de la vida laboral, esa falta de estabilidad acumulada.

Luque insiste en que la precariedad actual va más allá del tipo de contrato. "Se ha normalizado", señala, y se manifiesta en fenómenos como la sobrecualificación (con un alto porcentaje de trabajadores en puestos por debajo de su formación) o la figura del trabajador pobre. A esto se suma el debilitamiento de los mecanismos colectivos tradicionales, como los sindicatos o la negociación colectiva, que antes actuaban como garantía de equilibrio.

Es precisamente esa ausencia de horizonte estable lo que empuja a muchos profesionales, especialmente a partir de cierta edad, a mirar hacia el sector público. "Ofrece lo que el mercado privado ya no garantiza de forma generalizada: continuidad, reglas claras y una jubilación planificable", afirma Luque. En este sentido, compara el empleo público actual con el papel que desempeñó en su momento la industria en la posguerra: un espacio de seguridad dentro de un entorno económico cambiante.

La decisión de opositar a partir de los 50 años responde, por tanto, a una lógica distinta a la de los jóvenes. No se trata tanto de acceder al mercado laboral como de redefinir el final de la trayectoria profesional. Para quienes han vivido en primera persona esa transformación del trabajo, la estabilidad deja de ser una aspiración abstracta y se convierte en una necesidad concreta.

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"Cuando el mercado impone el corto plazo, las personas buscan refugio en instituciones que todavía garantizan el largo plazo", concluye el sociólogo. Una idea que ayuda a entender por qué, cada vez más, las oposiciones ya no son solo cosa de jóvenes, sino también de quienes, tras décadas de carrera, buscan asegurar su futuro.

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