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Cuando aprendemos a escucharnos

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“Los seres humanos somos inventores. En algún momento de nuestra historia descubrimos el valor de sentarnos alrededor del fuego para conversar. Tal vez por eso las conversaciones se parecen tanto al fuego; ambas viven entre dos riesgos, el de apagarse y el de desbordarse. Nos tomó tiempo aprender a mantener el fuego encendido sin dejar que nos consumiera. Quizás ha llegado también la hora de aprender a cuidar así nuestras conversaciones. Guadalupe Nogués, TEDx, octubre de 2019.”

Cito a esta importante bióloga argentina porque su reflexión me inspiró a escribir mi artículo anterior y porque, entrando en modo Semana Santa, también nos invita a detenernos un momento para pensar en algo esencial ¿Cómo nos estamos hablando y cómo nos estamos escuchando?

Con el tiempo, nos hemos ido acostumbrando a vivir a la defensiva, a contestar sin entender, a pelear por todo y a creer que quien piensa distinto ya está en la otra orilla y, por lo tanto, no merece siquiera la oportunidad de ser escuchado.

Escuchar no es rendirse. Escuchar no es agachar la cabeza. Escuchar tampoco es quedarse callado mientras otro impone. Escuchar es tener la madurez de entender que uno no siempre tiene toda la razón, que nadie posee la verdad completa y que incluso de la voz que más incomoda puede salir una idea útil, una alerta o una verdad que hace falta poner sobre la mesa. Esa es una actitud profundamente democrática.

La democracia no se daña solo cuando se irrespetan las instituciones. También se debilita cuando la gente deja de conversar, cuando el insulto reemplaza al argumento y cuando cada quien decide encerrarse en su propio bando. Una democracia sana necesita ciudadanos capaces de convivir con la diferencia. Necesita personas que sepan defender sus ideas sin aplastar al otro.

Ahí está uno de nuestros mayores retos como sociedad. Aprender que no todo desacuerdo es una guerra. Que no toda crítica es una ofensa. Que no toda diferencia tiene que romper un vínculo. Nos haría bien entender que muchas veces tenemos más en común con alguien que piensa distinto pero sabe conversar, que con alguien que piensa parecido pero vive sembrando rabia, desprecio e intolerancia.

Escucharnos no va a borrar de un plumazo los problemas del país ni las tensiones de la ciudad. Pero sí puede cambiar la manera como los enfrentamos. Y eso ya es muchísimo.

Tal vez por ahí empieza el verdadero cambio que tanta gente reclama. No en hablar más duro, no en cerrar más puertas. Empieza en algo más sencillo, pero más poderoso, aprender a escucharnos.


© La Nación