Mercurio en la sangre: la huella tóxica en niños y gestantes de Madre de Dios en Perú
Mercurio en la sangre: la huella tóxica en niños y gestantes de Madre de Dios en Perú
Mongabay Latam revisó casi tres décadas de investigaciones científicas sobre el impacto de los metales pesados y recorrió algunas de las comunidades amazónicas incluidas en estos estudios para seguir el rastro del mercurio. Un tercio de los niños y niñas evaluados en las comunidades indígenas de Amarakaeri, por ejemplo, crecieron con niveles de mercurio en el cabello superiores al límite establecido por la Organización Mundial de la Salud (OMS).
A mi hijita Bayolet le hicieron unos exámenes cuando tenía cinco años. Ya se había desmayado dos veces en el colegio y no sabíamos por qué… Ahí le encontraron mercurio”, narra Gladys Ordoñez, madre de la comunidad indígena de Shintuya, ubicada a orillas del río Madre de Dios, en la Amazonía peruana. Las mujeres de este territorio aún recuerdan al grupo de “forasteros” que llegó, hace una década, para tomarles muestras de sangre y cabello. Semanas después regresaron para advertirles que los peces que estaban comiendo, su principal alimento, podían estar contaminados.
“Nosotros dijimos que no, que eso no podía ser”, recuerda María Santos, otra madre de la comunidad. “Acá no sacamos oro. Acá no hay minería”. Pero el origen no estaba en el pueblo. Aguas arriba, la minería ilegal de oro vertía mercurio en los ríos de la región Madre de Dios, luego los peces entraban en contacto con el metal pesado y estos descendían con la corriente hasta terminar en los platos de decenas de familias.
Once años después, el problema es el mismo. La pequeña Bayolet ya cumplió 16 años, cursa cuarto de secundaria y dice que aún le cuesta concentrarse en clases. Cuenta también que su mayor anhelo es terminar el colegio y estudiar enfermería. De aquellos años recuerda el cansancio constante, el sueño en el aula, la debilidad y que tras el diagnóstico de afectación por mercurio solo recibió tratamiento contra la anemia.
Bayolet tenía cinco años cuando fue diagnosticada con mercurio en la sangre. Solía desmayarse en clases. Foto: Max Cabello
En su casa tratan de comer más pollo o gallina para reducir el consumo de pescado, pero no siempre les alcanza el dinero. Aquí las familias viven en pobreza, con índices de desnutrición y atención médica limitada. Su conexión con pueblos vecinos, además del río, son camionetas 4x4 que brindan el servicio de transporte privado sin horarios fijos. Cuando estos vehículos aparecen, unos veinte niños y adultos se abalanzan y apretujan dentro y en la tolva de cada uno. Cuerpos superpuestos en un largo y peligroso trayecto de tres horas.
“Creo que el Estado debería informarnos y volver a hacer nuevos estudios. No solo a los niños, también a los padres, porque la minería en los alrededores ha avanzado mucho y no sabemos qué hacer en estos casos”, dice Gladys Ordoñez.
Shintuya es uno de los diez territorios indígenas —de las etnias Harakbut, Yine y Matsigenka— asentados alrededor de la Reserva Comunal Amarakaeri. Esta área protegida, repartida entre las regiones de Madre de Dios y Cusco, no solo se ubica en una de las zonas más biodiversas del país, sino también en uno de los focos más críticos de contaminación por mercurio debido a la expansión aurífera. Solo entre 2021 y 2023, la minería arrasó 1800 hectáreas en tres comunidades que rodean la reserva, según un reporte de febrero de 2024 del Proyecto Monitoreo de la Amazonía Andina (MAAP).
En los últimos años, varias de estas comunidades amazónicas y centros poblados ubicados en la ruta del tránsito minero han recibido la visita de científicos de universidades, nacionales y extranjeras, que buscan medir el impacto de los metales pesados en la población. Los “forasteros”, como los llaman en Shintuya, les dejaron un mensaje que aún resuena: el mercurio está servido en sus mesas.
Para dimensionar la magnitud de este problema, Mongabay Latam construyó una base de datos que reúne 7725 muestras de mercurio en humanos y más de 5900 en peces, tomadas a orillas de los ríos amazónicos de Madre de Dios en Perú, Beni en Bolivia y Madeira en Brasil. El análisis de los 39 estudios científicos, publicados entre 1997 y 2024, reveló que los habitantes de al menos 249 comunidades indígenas y ribereñas han estado expuestos a la contaminación a lo largo de 27 años. Además, que 702 comunidades más están en riesgo solo por estar situadas entre los focos de minería ilegal y los casos de personas que dieron positivo a la presencia de mercurio.
En el caso de Perú, los investigadores tomaron 3380 muestras a personas de 102 comunidades y 78.4 % de ellas —80 localidades— presentaron niveles de mercurio por encima del límite permitido por la Organización Mundial de la Salud (OMS). En el caso de las 846 muestras en peces, tomadas en por lo menos 16 comunidades de la cuenca del río Madre de Dios, los estudios revelaron que dos especies de alto consumo para los pobladores indígenas y ribereños tienen mercurio en sus tejidos. Además que 291 comunidades más desconocen cuánto metal pesado hay en sus cuerpos y el peligro de esa exposición constante.
Tras analizar estos datos, Mongabay Latam visitó las comunidades aledañas a la Reserva Comunal Amarakaeri, como Queros, Shintuya, Puerto Luz, y los centros poblados ubicados en en la zona de influencia minera, para saber qué pasó con los niños, niñas y madres gestantes que dieron positivo a mercurio hace más de diez años.
Los investigadores tomaron muestras de cabello y sangre a niños de las comunidades y centros poblados. Foto: Max Cabello
Los niños con mercurio
Algunas madres de Shintuya preguntan cuándo volverán a hacerles más análisis de sangre. Otras quieren saber qué medicina pueden tomar para “limpiarse” el metal o cómo reconocer los síntomas de una intoxicación por mercurio. Las mujeres sin dudarlo culpan a la pandemia. Dicen que fue el momento en que la crisis económica y alimentaria se agravó y los obligó a recurrir por temporadas a la minería para subsistir. Si bien en su territorio no se practica esta actividad, algunos pobladores harakbut se ven forzados a migrar por pequeñas temporadas para trabajar en los enclaves del oro ilegal y eso los expone a un mayor riesgo. No tienen otra opción.
“Yo ayudo a mi pareja en la mina. Algunos meses al año vamos a las zonas de Quincemil y Delta. Entramos al río, extraemos, lavamos, pero también quemamos mercurio. Eso no sé cómo nos afecta… Me han dicho que es malo. No sé si mi esposo está enfermo o si yo lo estoy ¿Quién nos puede explicar eso?”, dice Iris Yante, madre de tres niños que están expuestos a la contaminación.
En uno de los estudios extraídos de nuestra base de datos, los investigadores analizaron la relación entre los niveles de mercurio y el desarrollo cognitivo, motor y visual de los niños que viven cerca........
