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¿La fiesta en paz?

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29.03.2026

Óscar Méndez Oceguera, reflexivo taurófilo con una pluma de lujo, comparte esto: “Mire, señora, he vuelto otra vez. No sé bien para qué, que así se disculpan los hombres cuando el corazón los trae de la mano. Uno se dice que pasa por aquí por casualidad –palabra cómoda, coartada ligera–, pero usted y yo sabemos que eso nunca ocurre. A usted no se llega: a usted se vuelve. Entré despacio, como antes. Bajé por sus túneles rozando el muro apenas, con esa caricia involuntaria con que se saluda a un viejo amigo sin despertarlo; no por miedo, sino por respeto.

“Hoy caminé igual. Y pensé al verla que sigue siendo demasiado grande para el silencio que le dejaron. Su silencio no era éste. El suyo era otro, ¿se acuerda? Ese silencio lleno, cuando el toro aguardaba detrás de toriles y la plaza entera, sin concertarlo, se ponía en pie por dentro. Ese silencio suyo no vaciaba: concentraba. Era la plaza apretándose el alma para mirar mejor. Ahí aprendimos a callarnos, señora. Yo era un........

© La Jornada