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Un elefante en la UNAM

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24.04.2026

Lo que se narra a continuación sucedió en Ciudad Universitaria (CU), uno de tantos sábados de 1973, anteriores a junio –lamento no poder precisar–, apelo a mi memoria. Era la última época en la que la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) trabajaba medio día los sábados, antes de instaurarse el descanso sabatino. Yo era un abogado recién formado, soñaba con ser profesor en la institución, y, mientras ese día llegaba, me ocupé como maestro de civismo en un instituto privado de varones, ubicado en la zona céntrica de Tlalpan. El plantel, que todavía existe, es el Inhumyc, incorporado a la UNAM; y, a partir de cero, encabecé las clases en varios grupos, cada uno con alrededor de 30 estudiantes de primero y segundo de secundaria. 

Aunque en esos días tenía inquietudes educativas, no conocía siquiera el apellido Freinet. A mi ignorancia pedagógica se sumaba una gran inexperiencia, y aunque procuraba que los chicos participaran con libertad en el salón de clase, aparecía muy pronto el aburrimiento, traducido en la dichosa indisciplina. ¿Qué hacer en esas condiciones? El instituto contaba con un hermoso jardín, cuya vista se dominaba desde las salas de clase, inspiraba paz. De ahí que un buen día, sin decir agua va, me llevé a un grupo y nos sentamos en el pasto a hablar de alguna de las cuestiones del temario. Al día siguiente fui citado en la dirección: “¿acaso no sabe el profesor para qué son los salones en los que tanto dinero se invirtió?” ¡Adiós al jardín de ornato! 

¿Qué hacer para darle vida a la clase, sin conocer los planteamientos de Freinet? La respuesta llegó pronto. El primer curso comprendía el........

© La Jornada