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Carlos Tello Díaz, el historiador/Elena Poniatowska

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12.04.2026

En un viaje a Ginebra, como incipiente reportera, conocí a Manuel M. Tello, Secretario de Relaciones Exteriores de México. Muy atento, como un buen abuelito, me preguntaba: “¿Anda usted sola, criatura?” También Luis Padilla Nervo, quien fue presidente de la Asamblea General de Naciones Unidas inquiría: “¿Niña, quiere acompañarme a cenar?” Supongo que les preocupaba esa corresponsal novata que aleteaba en un hotel de Ginebra como pájaro atarantado. La verdad, nunca dejaron de “echarme un ojito” y preguntar cuando me veían en el lobby: “¿Ya comió?”

En la Ciudad de México, Carlos Tello Díaz, de 64 años, hijo de Manuel Tello Macías y Catalina Díaz Casasús, quien fuera descendiente de don Porfirio, nunca dejó de visitar a mi madre, Paula Amor, hasta el día de su muerte, el 23 de marzo de 2001, y siempre se lo agradecí. A mi madre le encantaba la historia y alguna vez coincidíamos a la hora de la comida. Siempre me gustó verlo platicar con ella, contentísima de verlo. Carlos, delgado y alerta, me llamó la atención como también hizo Javier Tello Díaz, analista político a quien veíamos Mamá y yo en la tv, pero yo preferí a Carlos, doctor en historia por la École des Hautes Etudes en Sciences Sociales, maestro y licenciado en filosofía y letras por la Universidad de Oxford, fellow en Cambridge y Harvard, y profesor invitado en La Sorbona.

Carlos escribió el libro En la selva: Crónica de un viaje por la Lacandona. Durante varios meses, participó en una expedición en la búsqueda de las ruinas de Tzendales, ciudad maya descubierta a principios del siglo XX que luego desapareció y que, a la fecha, nadie ha podido hallar. Encontrar a Carlos en casa de Mamá a la hora de comer era un gusto, un estímulo, y ella le agradecía mucho su conversación, y yo me unía a ella con curiosidad.

–Carlos, ¿cómo te haces amigo de los amigos de tu abuela, Catalina Díaz Casasús?

–Suena medio raro ¿no?. Fíjate que conocí bien a los papás de mi abuela, Christian, a Horacio Casasús y a Marlene, mi bisabuela. Yo pasaba mucho tiempo con ellos, me encantaba que me platicaran, y ese gusto por estar con gente más grande lo continué con mi abuela. A Paulette Amor, tu mamá, y a Julián Fernández Castelló, por ejemplo, yo los invitaba a mi casa, y ellos también me invitaban.

–¿Dónde estudiaste la prepa, Carlos?

–En Inglaterra, estudié filosofía y letras en Oxford; luego, me fui a Roma a trabajar en la delegación de México ante la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés). No me quería regresar a México todavía, y mi papá era amigo de Eduardo Pesqueira, secretario de Agricultura, y de José Ramón López Portillo, embajador de México ante la FAO. Conocí a Ítalo Calvino, en Roma.

–El gran novelista de la época, ¿no?

–Sí, desde luego. Calvino me habló mucho de Oaxaca.........

© La Jornada