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Lo que el régimen no ve: estructuras indígenas originarias y la crisis política en Bolivia

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03.08.2026

1. Un régimen que no leyó las estructuras

Lo que ocurre en Bolivia desde el primero de mayo de 2026 tiene al menos dos capas que es necesario distinguir antes de analizar. Por un lado, las estructuras indígenas originarias -comunidades aymaras, quechuas, chaqueñas y amazónicas- que poseen sistemas de gobierno propios, cosmovisiones propias y lógicas políticas que no se derivan del Estado ni de ninguna ideología importada. Por otro, las estructuras corporativas y populares -- la Central Obrera Boliviana, los cocaleros, los maestros, los transportistas, los mineros, los gremiales -- organizadas desde una lógica sindical con sus propias demandas sectoriales. Muchos de sus miembros tienen ascendencia indígena, pero su forma de organizarse responde a tradiciones distintas. Lo que el régimen de Rodrigo Paz no supo leer fue ninguna de las dos tradiciones.

Frente a las estructuras indígenas originarias, operó desde un etnocentrismo que Lévi-Strauss identificó hace décadas como el error fundamental de Occidente ante el otro: mirar una lógica diferente con las propias categorías y no ver nada, porque esas categorías no tienen instrumentos para reconocer lo que existe fuera de ellas. El pensamiento indígena no es inferior ni primitivo, es una lógica compleja y coherente que organiza el territorio, la autoridad y la vida colectiva desde sus propias categorías. Ignorar esa lección no es solo un error académico. En la Bolivia de 2026 es un error político con consecuencias muy concretas.

Frente a las estructuras corporativas y populares, el régimen intentó negociar demanda por demanda, cediendo aquí, reprimiendo allá, ignorando más allá. Esa estrategia de fragmentación habría funcionado si las estructuras hubieran permanecido separadas. Pero ocurrió lo contrario. El antropólogo Evans-Pritchard describió en su estudio sobre los nuer un principio que opera en muchas sociedades segmentarias: la fusión. Estructuras que normalmente funcionan de manera autónoma -- cada una con su propia agenda, sus propios intereses, sus propias autoridades -- tienden a fusionarse cuando enfrentan un enemigo común. Y cuanto más torpe e intransigente es ese enemigo, más rápida e intensa es la fusión. El régimen de Paz, al no escuchar, al insultar, al reprimir sin diálogo, no desactivó la movilización, la unificó. Convirtió cincuenta demandas dispersas en una sola: su renuncia. Él mismo produjo la fusión que hoy lo tiene cercado.

2. El repertorio que nadie esperaba

Lo que ocurrió en Bolivia desde el 1 de mayo de 2026 no fue una protesta. Fue la activación simultánea de un repertorio completo de acción colectiva que tiene raíces históricas profundas y una lógica territorial precisa. Cada estrategia corresponde a un actor, a un territorio y a una tradición de lucha específica.

Los pueblos indígenas de las tierras bajas amazónicas y chaqueñas activaron la marcha, su estrategia histórica por excelencia. Miles de indígenas iniciaron la marcha el 8 de abril, desde Pando hasta La Paz, exigiendo la abrogación de la Ley 1720, que amenazaba sus territorios al permitir la recategorización de tierras comunitarias. La marcha no es solo un desplazamiento físico, es una declaración política que pone el cuerpo en el camino y obliga al Estado a mirar lo que preferiría ignorar.

Los pueblos de las tierras altas -- aymaras y quechuas del altiplano -- activaron el bloqueo de caminos, su estrategia propia. Con más de cincuenta puntos de corte simultáneos, los cocaleros de Evo, la Federación de Campesinos Túpac Katari y los Ponchos Rojos instalaron una red de presión que paralizó las rutas estratégicas que conectan La Paz con el resto del país y con las fronteras de Chile y Perú. El bloqueo no es vandalismo, es una tecnología política ancestral que convierte el control del territorio en poder de negociación.

Sobre esos bloqueos se levantó el cerco a La Paz, la estrategia más dura y cargada de historia. Cercar La Paz es un acto político de enorme densidad simbólica: recuerda el cerco de Tupaj Katari en 1781, cuando las fuerzas aymaras mantuvieron sitiada la ciudad durante meses. Activar ese imaginario no es casual, es una declaración de que la paciencia tiene límites históricos y que esos límites ya fueron alcanzados.

A estas estrategias territoriales se sumaron las de otros actores: la Central Obrera Boliviana con marchas y una huelga general, los mineros con dinamitazos en el centro paceño, las mujeres con caceroladas y huelgas de hambre. Cada actor habla desde su tradición y su cuerpo. En conjunto, forman un lenguaje político que el régimen no supo descifrar.

3. La asamblea manda: obligación colectiva y sistema de gobierno propio

Uno de los errores más frecuentes al leer estas movilizaciones es interpretarlas como la suma de individuos........

© La Haine