La rebelión indígena popular, la única escuela de politización
Y la represión o el degaste; sabemos que esta democracia está pervertida porque los representantes, desconociendo el mandato del voto popular, quieren desnacionalizar la economía y favorecer a la inversión privada; quieren reformar la constitución a imagen y semejanza de la clase dominante; que la deuda externa que asciende a 14.418 millones de dólares [1] y el narcotráfico con carta de ciudadanía sean los medios de enriquecimiento de las clases ricas; etc. etc.
Todos sabíamos todo esto, pero en las clases medias urbanas no pasa nada, y este gobierno deslegitimado seguía operando, amparado en la anestesia de las sensibilidades y la neutralización de la acción de esos sectores medios. Ya Spinoza decía que todo movimiento subjetivo viene mediado por el deseo; por esto, la rebelión, la revolución, deben estar alimentadas de deseo, como nos recuerdan Deleuze y Guattari: "A menudo los revolucionarios olvidan, o no les gusta reconocer, que la revolución se quiere y se hace la revolución por deseo, no por obligación".
Quizás una explicación para comprender esta indiferencia de las clases medias urbanas la encontremos en su incomprensión de las verdades éticas que afloran desde la rebelión indígena popular. Las verdades éticas no son descripciones del mundo, ni verdades objetivas y exteriores, sino verdades sensibles: lo que sentimos ante algo más que lo que opinamos. Son verdades que nos vinculan a otros que perciben lo mismo, así los insultos, los agravios, las percepciones que se tenían de este gobierno oligarca y entreguista no eran los mismos en el mundo indígena que en el mundo de clase media urbano. Mientras que en los sectores indígenas y populares no se quedaban indiferentes, se comprometían en los bloqueos y marchas y, por lo tanto, les quemaban esas verdades; en las clases medias urbanas cundía el miedo, la desesperanza, la inseguridad, la desorientación.
Es en este marco que podemos comprender las palabras de dos intelectuales del indigenismo como son García Linera y Quya Reina. El ex vicepresidente afirma que "el movimiento ya ha llegado a un tope de expansión sostenida en la movilización campesina que, por ahora, no le permite ganar. Para la renuncia del gobierno faltaría la adhesión movilizada de nuevos sectores de la ciudad de El Alto y de algunos barrios populares de la ciudad de La Paz.... Y es en esta cualidad indígena-campesina de la movilización donde precisamente radica la causa estructural subyacente de todo el malestar social, y que cualquier proyecto político, de izquierdas o derechas, ya no puede eludir. En Bolivia ya no se puede gobernar sin los pueblos indígenas.[2]
En otras palabras, las clases medias urbanas deben seguir viendo desde el balcón la lucha política entre los pobres y ricos; además de augurar al movimiento indígena campesino de cogobernar con la izquierda o derecha, aunque la derecha se llame Reyes Villa, Tuto, Doria Medina o Marinkovic. El problema es en qué condiciones y quién lidera esos gobiernos.
Quya Reina, en su momento señalo que "¿Mario Argollo, Vicente Salazar o Nilton Condori son líderes? Quizá sí, pero les falta solidez e inteligencia... No hay estrategia, no hay visión y no hay estructura en ellos [...] Pero si esa fuerza no se conduce con inteligencia, somos solo un río desbordado, poderoso, sí, pero desbordado [..] Que el gobierno de Rodrigo Paz continúe, que gobierne con los empresarios, con la élite política de derecha...Hay una lucha hoy y una lucha pendiente. Tenemos cuatro años para organizarnos, para construir liderazgos reales, para asumir nuevos discursos, para fiscalizar, para concentrarnos en el siguiente oponente que no será Rodrigo Paz".[3]
En momentos críticos de la rebelión indígena popular Reina proponía bajar los brazos........
